Autor: José J. Sanmartín

País: España

Datos Biográficos del autor: Licenciado en Filosofía y Letras (Geografía e Historia) por la Universidad de Murcia (1989); Diploma de Especialización en Derecho Constitucional y Ciencia Política por el Centro de Estudios Constitucionales (1996); Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UNED (2000). Diploma de Especialización en Relaciones Internacionales por el Instituto Nacional de Administración Pública (2002), Madrid. Doctor en Filosofía por la Universidad de Murcia (2009), Murcia. Profesor de Ciencia Política y de la Administración, Universidad de Alicante. Correo electrónico: jose.sanmartin@ua.es

RESUMEN: La ultraderecha europea modificó su estrategia tras el fracaso del terrorismo directo. De ahí el renacimiento de la entente operacional con el terrorismo fundamentalista, del que se sirve para cumplir sus propios objetivos. Para ello ambos movimientos necesitan la financiación que proveen redes de blanqueo de capitales, como las españolas infiltradas dentro del sector inmobiliario.

ABSTRACT: The European extreme right changed its strategy after the failure of direct terrorist action. For this reason, the rebirth of the operational entente between extreme right and fundamentalist terrorism; the last one is used by new radical Right in order to attain their own aims. Both movements need the resources provided by money laundering networks infiltrated into the urban development industry in Spain.

PALABRAS CLAVE: Terrorismo. Ultraderecha. Blanqueo de capitales. Servicios de Inteligencia.

KEYWORDS: Terrorism. Extreme Right. Money laundering. Intelligence Services.

1. INTRODUCCIÓN

Lo que sigue es una prospectiva analítica, realizada de manera circular, no lineal (abordando varios aspectos en diferentes momentos del discurso, con perspectivas complementarias entre sí), sobre riesgos emergentes actualmente en Occidente –y países de su entorno-, con implicaciones potenciales a largo plazo caso de no aplicarse medidas preventivas de manera inmediata y efectiva. Ello requiere, debe afirmarse ya mismo, un incremento sustancial de los recursos a disposición de los Servicios de Inteligencia. Pues serán ellos los que deban afrontar el grueso de una lucha sorda en defensa del Estado de Derecho y contra un enemigo que, hoy por hoy, está mejor dotado en medios. Todo lo vivido hasta el momento en la guerra contra el terrorismo será de utilidad, pero insuficiente, pues nos acercamos a una nueva dimensión del conflicto. El estudio que avanzamos aquí obedece a datos factuales que se manejan en tiempo presente y, lógicamente, deberá ser adaptado a las circunstancias de cada momento. Lo pertinente a la cuestión es que la progresiva ocupación de puestos de poder por parte de los radicalismos excluyentes y antidemocráticos, no significará de manera automática un protagonismo absoluto para los mismos. La modificación de la estrategia aplicada por la ultraderecha comporta asimismo un giro en su “paradigma”. Tendremos líderes individuales, explícitamente “sociales”, tácitamente nacionalistas, defensores de las familias y contra la pobreza, donde el discurso “anti” –tan característico del fascismo, como espléndidamente lo estudió el profesor Linz- se nutrirá de un argumentario de peso: la necesidad de “sanear” la política tradicional cuyos dirigentes practican una corrupción que saquea las arcas públicas, empobrece la economía real del país, y debilita las instituciones… incluso las democráticas. El mensaje –lleno de perspicacia ideológica- de la nueva ultraderecha será más ladino que antaño, al objeto de acaparar el creciente voto de protesta generado por los errores, y defectos, de la clase política convencional. El alegato anti-corrupción será un banderín de enganche para atraer a electores descontentos que, luego, serían ideológicamente socializados por los distintos grupos extremistas. Porque son varios, no un sólo movimiento autoritario, aún cuando, hábilmente, procurarán no presentarse de esa guisa dictatorial, sino bajo el disfraz de la alternativa contestataria, o el traje del reformismo, que proyecta respetabilidad burguesa[1].

2. EL PACTO DEL RESENTIMIENTO

Semejante radicalismo excluyente y antidemocrático, se corresponderá con una ofensiva gradual, más o menos discreta, que activará recursos y técnicas profundamente disgregadoras en la sociedad. Lo que les interesa es la disolución de la unidad democrática en las sociedades occidentales; los mentores del nuevo terrorismo, como criminales intelectuales que son, saben que sus opciones residen en la división del adversario. No pretenden, por tanto, la conquista frontal del poder a la vieja usanza fascista, sino la incubación –y maduración- de su ideario dentro de la sociedad, desempeñando los radicales de derecha el rol de vanguardia en defensa de los desprotegidos por el Estado de Derecho. Aún tratándose de una obviedad resulta pertinente recordar que la extrema derecha poco o nada tiene que ver con las corrientes políticas respetablemente conservadoras que existen en nuestros países. La derecha democrática, que vive por y para la libertad política, será desafiada por los ultras no sólo desde fuera, sino, en especial y de manera creciente, en el interior de su propia casa. La infiltración de elementos extremistas dentro de partidos sólidamente conservadores, pero no reaccionarios ni revolucionarios, no se dará únicamente en los grupos más activos ideológicamente, sino también entre los elementos tecnocráticos, donde la eficacia sea el primer aval para obtener puestos de responsabilidad; un ámbito perfecto para que un ultra encubierto pueda medrar en la jerarquía partidaria, liberado de la identificación ideológica o la declaración de intereses. Un proceso calculado al objeto de colonizar la cabeza dirigente de estas organizaciones[2]. La extrema derecha, en la actualidad, espera más de la penetración en territorio enemigo que de la improbable conquista electoral del mismo en poco tiempo. El abrazo de la muerte; una vez posicionados en los partidos de destino, se podrá activar la siguiente fase: la implementación del miedo como mercancía política; de tal intensidad, además, que resulte atractivo para el ciudadano medio la apelación a un partido de extrema derecha como salvador “puntual” de una crisis determinada, para luego volver a la normalidad democrática[3]. Debemos partir de la tradicional doblez de la extrema derecha (de su dirigencia más preparada y capaz) para comprender la magnitud de la amenaza que comporta un enemigo de la libertad particularmente sinuoso, adaptado a un medio con el que se mimetiza para lograr la mayor rentabilidad política. Y ello significa también, antes mismo de la “colonización” de la cúpula directiva, la inoculación de ideas basadas en el enfrentamiento con otras grandes fuerzas políticas de la democracia (sea gobierno u oposición), el ejercicio de la tensión como táctica permanente, la violencia dialéctica contra los contrarios, el rechazo a cualquier “negociación” que signifique pactar con “enemigos” o acerca de “principios” básicos, etc. El triunfo de la exclusión es una primera etapa hacia la “fascistización” práctica –no necesariamente programática- de partidos democráticos, pero débiles a la hora de impedir el desembarco de individuos poco recomendables; porque el abordaje no será tal, sino mediante el acceso diseminado, irregular y uno a uno por parte de extremistas. Discreción como garantía de éxito. Desde luego, la infiltración es una técnica reservada a unos pocos “elegidos” de la ultraderecha; aquellos que puedan prosperar –o medrar- en el organigrama del partido “anfitrión” sin levantar sospechas. Además de los partidos, no puede descartarse que Organizaciones No Gubernamentales, incluso Fundaciones o clubs deportivos, sean utilizados para idéntica finalidad, así como otros “destinos” habituales (movimientos sociales de arraigado apoyo social, Ejército, Servicios de Inteligencia, cuerpos policiales, etc.). Todo soporte puede ser válido a la hora de tomar posiciones para el día D.

La ultraderecha está infiltrada en la banca privada, partidos políticos, pero también en empresas multinacionales o compañías locales, y en todo lugar o plataforma que convenga a sus intereses ideológicos; el posicionamiento de hoy revertirá en el poder de mañana. Por ello mismo también les resulta indispensable estar en puntos donde los movimientos de capitales cuantiosos sean práctica habitual. El blanqueo se ha convertido en importante actividad “profesional”, y en este sentido, aporta servicio, y se vale de las prestaciones que “realquila” a otros “socios”. Aquí entran en juego mafias internacionales, que nutren su despensa económica a cambio de una remuneración. Existe la seguridad de que algunos líderes mafiosos ignoran por completo que, entre sus clientes indirectos, aparecen grupos terroristas. Para los grupos mafiosos avanzados, que se consideran a sí mismos como empresas, el primer requisito para el correcto ejercicio de sus tareas reside, precisamente, en la discreción. Obviamente, el mantenimiento de sus actividades económicas depende bastante de no llamar la atención de los mejores Servicios de Inteligencia. También es cierto que otros grupos mafiosos, a nivel directivo, sí son plenamente conscientes de ese vínculo, y han derivado tareas de blanqueo hacia otros consorcios análogos, que operan mecánicamente por el precio de su comisión. La extrema derecha italiana, por ejemplo, tiene una conocida vinculación a mafias locales… que también han proporcionado a organizaciones terroristas –a veces ignorando este hecho, camuflado bajo el engaño de “empresas” interpuestas- el blanqueo de capitales que, a la postre, les permitan su financiación. Por supuesto, semejante “prestación” no es gratuita. La mediación financiera –espacio alambicado como pocos- alcanza metas y diseña tácticas de obligado cumplimiento para las partes; sí, porque son varios actores los que pueden intervenir en una operación concebida desde la cúpula nacionalsocialista, para luego ser ejecutada por terroristas fundamentalistas que proceden de otra parte del mundo. La perfección del círculo; la estrategia envolvente laboriosamente reconstruida en los años setenta, al cabo de una generación, rinde tributos extraordinarios a la ultraderecha: delegar la práctica del terrorismo a una fuerza tercera, formalmente “extraña”, que además será presentada como enemiga de Occidente y, ante la inquietud social que genera vivir bajo presión, los nuevos partidos de “derecha nacional” irán asentando posiciones hasta generar una alternativa de base mínima, tácitamente apoyada por partidos convencionales debidamente infiltrados. La ingeniería financiera de Genoud y sus aventajados discípulos produce los primeros resultados apetecidos por la actual jerarquía nazi/fascista. Por otra parte, personajes como Albert Huber o bancos como Al Taqwa (o, antes, el Arab Commercial Bank) ya han sido superados por los nuevos cachorros del radicalismo. En su táctica elusiva, los neofascistas y sus aliados fundamentalistas han buscado la contratación de redes de blanqueo en diferentes partes del mundo.

3. EL ENEMIGO INTERIOR

La amenaza de la extrema derecha rebrotará en los próximos años. De hecho, la ofensiva terrorista que repica sobre Occidente por parte del fundamentalismo y la acción política de la ultraderecha se retroalimentan entre sí, motivándose e impulsándose; y ello aún cuando, nominalmente, fascistas e islamistas defiendan posiciones en puridad irreconciliables. Al mismo tiempo, lo que la ultraderecha prepara para el mundo islámico recuerda demasiado los planes hitlerianos hacia los eslavos. Pueblos calificados de oscurantistas, sometidos al dominio del hombre ario que los mantendría en una permanente situación de subdesarrollo, y gobernados por rituales políticos casi tribales, donde se provea de una mano de obra barata para las factorías masivas de Occidente. Un plan racista y, por ello mismo, moralmente abominable[4]. Pero reconozcamos también que desde la Occidente de la prosperidad tampoco se ha hecho lo necesario –en sentido político- a favor de los países en vías de desarrollo. Occidente ha colaborado activamente en el despliegue industrial (o, simplemente,  manufacturero) de numerosos países, pero no ha sido capaz de rentabilizar ese potencial económico en sentido positivo –y proporcional- para fomentar la democracia política y el entendimiento mutuo.

La clave reside en la financiación del terrorismo; este es el punto focal. Una parte sustancial de los ingresos de Al Qaeda –y no sólo- se obtienen mediante lo que los economistas expertos denominarían ingeniería financiera; inversiones selectivas –nada aleatorias- en mercados internacionales, incluida la Bolsa. En ese magma de actividades económicas sobresale por su envergadura el blanqueo de capitales que realizan en el segmento más especulativo de la industria constructora en España. Nuestra costa mediterránea ha servido de insaciable fuente provisora para operaciones de blanqueo que, mediante la red de corrupción política que apadrina, y protege, un grupo de jerarcas de algún importante partido, viene facilitando la prestación de ese “servicio bancario” a distintas mafias, algunas de las cuales mantienen relaciones “comerciales” con el terrorismo internacional. En España existe una fuente nutricia que coadyuva a pagar los crímenes terroristas que se cometen desde Norteamérica a Indonesia.

¿Por qué tanta dificultad en detectar el tentáculo español que financia el terrorismo? Básicamente por idénticos motivos que atrajeron hacia sí a los terro-economistas: por el carácter tupido y consolidado de las redes de corrupción política –entre las que se produjo su solapamiento-, a las que se contrató la protección de esas operaciones delictivas. Una red que incorpora a jueces, funcionarios de distintas Administraciones Públicas, cargos electos, empresarios y afecta –aunque en menor relevancia- a algunos mandos de la lucha contra la corrupción. Las extrañas resoluciones judiciales, la aparente ineficacia de algunos directivos de la seguridad pública, la irracionalidad apasionada de aquellos periodistas y creadores de opinión que niegan la mayor pese a las pruebas, que jalean a las masas contra los que investigan o aportan pruebas, gobernantes regionales que –a sabiendas- toleran lo intolerable, plenos de Ayuntamiento que aprueban recalificaciones abiertamente ilegales o decisiones que perjudican a sus términos municipales, las defensas enardecidas –en la Administración, en la política, en la empresa- de lo imposible y de lo inmoral (“no importa de donde venga el dinero, lo importante es que venga”, afirmó un conocido alcalde investigado por corrupción), entre otras “disfunciones”, responden a incentivos que van más allá de algunos regalos de lujo. Desde las invitaciones a los famosos chalets “de placer” hasta el consabido incremento patrimonial de quienes deben adoptar decisiones en sede política o judicial –para ello se valen generalmente de una red de testaferros, dentro y fuera de su propia familia, para escriturar sus nuevas propiedades-. Las redes de corrupción que asolan el territorio español, llevadas por su ilimitada avaricia, han convertido a nuestro país en un agujero negro para la seguridad de Occidente. Un sistema alambicado de corruptos que bloquea toda posibilidad de llegar al final. No es extraño, pues, que España aparezca como paraíso de blanqueo para distintas organizaciones criminales de ámbito internacional. Sin embargo, la investigación realizada por Servicios de Inteligencia de países duramente golpeados por ese terrorismo que obtiene fondos en España, tras pesquisas de años, han logrado reconstruir los complejos sistemas reticulares de las diferentes fases del proceso que va desde el blanqueo a través de la industria inmobiliaria hasta el atentado final que mata a inocentes en Israel, Estados Unidos, Francia, Rusia, Pakistán, Reino Unido… o España, entre otros países igualmente afectados por el terrorismo. El despliegue por parte de agencias de Inteligencia de unidades de elite permitió detectar y ubicar esas redes que, en última instancia, financian a los terroristas. Conforme a la doctrina de seguridad de alguno de los Estados que sufren el azote del terrorismo, es irrelevante que los alcaldes, empresarios, jueces, dirigentes de partido o presidentes de gobiernos autonómicos implicados en la corrupción que alimenta el blanqueo de capitales, sepan o ignoren que, en última instancia, los beneficiarios de tales operaciones son organizaciones que actúan bajo la franquicia de Al Qaeda u otros grupos terroristas. El amigo de mi enemigo es mi enemigo. Esto conduce a una situación paradójica como pocas: algún gran partido, con formales aspiraciones al gobierno, está roído por esa corrupción que alimenta al terrorismo; no parece probable que se le permita optar al poder ejecutivo en España, al menos mientras la dirección de esa fuerza política no emprenda una lucha frontal –y auténtica- contra las prácticas corruptas dentro de su organización. Los sucesivos escándalos que, como una maldición, asolan su panorama electoral responden a la aplicación de un correctivo impulsado desde el exterior. Respecto a España, una manera eficacísima de luchar contra el terrorismo internacional consiste en atacar directamente las redes de corrupción política y urbanística.

Por tanto, la propia debilidad de España –como Estado de Derecho- a la hora de contender frente a las redes que abastecen económicamente al terrorismo internacional perjudica a nuestro país como aliado fiable de Occidente. Las unidades que, desde la Guardia Civil, Policía Nacional o CNI combaten esos verdaderos sistemas delictivos internacionalmente conectadas actúan con honradez y solvencia profesionales, pero también desde una pavorosa falta de medios –al menos respecto a lo que en proporción al enemigo se requiere- y la incertidumbre respecto a que sus investigaciones puedan llegar hasta el final, debido a dilaciones sobrevenidas (por ejemplo, las consabidas y perennes ampliaciones de pruebas ya aportadas, pues no importa la calidad, ni la cantidad, de las evidencias presentadas, dado que algunos jueces siempre pedirán más, y luego más, eternizando el procedimiento), simples “interferencias” jerárquicas (el superior que “desorienta” una investigación para que no afecte a sus benefactores). Son pocas las manzanas podridas en el cesto del Servicio Público, pero infligen un daño terrible; es preciso apartar a los corruptos de sus funciones, ubicándoles en puestos secundarios, ninguneándoles toda información –o actuación- potencialmente dañina. El pesebre de la corrupción debe quedar aislado e incomunicado dentro del Estado de Derecho; sólo así podrán emprenderse más operaciones de lucha contra el terrorismo de cobertura económica. Los jueces y los mandos corruptos que, aún siendo una cifra numéricamente insignificante en el conjunto de sus respectivos gremios, causan un enorme daño, resulta claro que una tarea prioritaria reside en la desactivación profesional de esos elementos “contaminados”. Quizá se les pudiera “reciclar” como involuntarios agentes dobles, filtrándoles información debidamente tratada que delatase la posición de sus benefactores. Esto es algo que ya se viene realizando –por antenas externas- entre políticos que rumian en el “pesebre” de la corrupción. Venturosamente, el Estado de Derecho dispone de una mayoría de servidores públicos, de impecable ética profesional, entre los cuales figuran también jueces incorruptibles, discretos y de probada lealtad constitucional. Serán ellos los que deberán soportar, una vez más, el peso de la responsabilidad. Sólo desde la ejemplaridad moral podrá ganarse la guerra contra el terrorismo; cualquier otra vía es accesoria, a lo sumo complementaria, de la lucha contra la corrupción que nutre las ubres criminales del terrorismo.

Lo que los funcionarios públicos que trabajan en este ámbito deberán tener pendiente es la necesidad de evaluar aquellas órdenes recibidas desde la cadena de mando que bloqueen investigaciones, o las desvíen infructuosamente de dirección. En la lucha contra el terrorismo, todos estamos de acuerdo; pero en España nos enfrentamos a una modalidad más sinuosa y, por ello mismo, también más peligrosa: la cara del terrorismo en demasiados ámbitos sociales es la de un señor trajeado que, con exquisitos modales (o no tanto), aporta “compensaciones” económicas y/o materiales a funcionarios sobornados. Terrorismo no es sólo lo que hace el fanático asalvajado que prepara un atentado, o el sicario iletrado que mata por encargo ideológico; también lo es el “businessman” que blanquea capitales, el juez creyente y practicante del cohecho para proteger los intereses materiales de unos clientes determinados, o el periodista que recibe “suplementos” para amedrentar a quienes luchan contra la corrupción, etc. Y todos ellos pueden ser personas de trato social encantador, magníficos anfitriones en fiestas y celebraciones, excelentes conversadores, además de presentar siempre un talante simpático y animado, rodeados de una familia formalmente “ejemplar” y, por supuesto, todo ello aderezado por la mejor urbanidad burguesa. He aquí a los más peligrosos colaboradores del terrorismo; los que actúan sólo por dinero son doblemente peligrosos, debido a la mayor dificultad que comporta su detección. Y es que los sistemas de búsqueda que se aplican a los terroristas convencionales son escasamente operativos para la localización de los terroristas intelectuales o, como en este caso, los terroristas financieros y a sus colaboradores necesarios. En semejante contexto, resulta indispensable dirigirse a sus bienes materiales, de quienes les ayudan y les rodean, a la búsqueda de testaferros que coadyuvan a blanquear las comisiones ilegales recibidas en las transacciones multimillonarias por pilotar –bajo su protección- operaciones inmobiliarias, o impedir que sean investigadas desde las instancias con capacidad –legal y moral- para ello. Sólo mediante la distinción entre el terrorismo de acción y el terrorismo de cobertura podremos afrontar, y derrotar, el reto planteado por el consorcio terrorista que aúna a la extrema derecha, se vale de las mafias y financia al fundamentalismo.

4. LA ESTRATEGIA ENVOLVENTE

La emergencia de la ultraderecha constituye un elemento perturbador a medio plazo en Occidente. La semilla del nazismo, de la intolerancia con el diferente, no ha muerto. Y los datos indican claramente que los extremistas de derecha buscan algún tipo de convergencia a nivel continental. Los tiempos del lepenismo iracundo han periclitado en términos políticos de absolutismo simbólico. La ultraderecha europea se apresta a ofrecer distintas imágenes, metamorfoseándose sobre el tejido social e impactando a la opinión pública con iniciativas socialmente avanzadas, encubridoras de una verdadera revolución involucionista en derechos y libertades. Lo que se busca ahora es un liderato asertivo, que capte con inteligencia emocional el apoyo de numerosos adherentes, cansados de la política tradicional. He aquí un nuevo nicho de erosión a la democracia: el hartazgo de demasiados ciudadanos respecto de la ineficacia de los gobiernos -y oposiciones políticas respectivas- al afrontar los problemas desatados en una sociedad cada vez más compleja y tensa. A la extrema derecha europea le interesa el desgaste de los partidos tradicionales; de ahí que, como sabemos, los primeros se presentarán básicamente como fuerzas de choque contra la corrupción. Paradójicamente, los ultras aparecerán como abanderados de la moralidad pública, frente a la tibieza de los políticos convencionales a la hora de proteger a las familias de la contaminación que trae la vida moderna: envilecimiento de las costumbres por parte de los moralmente débiles (corruptos, sobornados, prevaricadores, entre otros), partidocracia, dirigentes incompetentes, amplio desempleo, creciente sensación colectiva de desamparo, etc. Un panorama quasi apocalíptico no falto de motivos, pero tendente a lograr un objetivo político deliberadamente malicioso: la deslegitimación de la democracia mediante la mostración de su hipotética incapacidad para regenerarse. De ahí que los líderes templados ideológicamente, profesionalmente diligentes y estructuralmente honrados serán los únicos válidos para afrontar –y derrotar- la ofensiva ultra. Si los políticos corrompidos e ineptos que pululan en Occidente intentasen plantar cara a la extrema derecha, el resultado sería un reforzamiento de esta última. El mejor servicio que estos dirigentes de bajo perfil moral pueden prestar a la democracia es retirarse de la vida pública. Obviamente, lo pertinente al caso es que el previsible ascenso en visibilidad que tendrá este radicalismo excluyente y antidemocrático, se corresponderá con una ofensiva gradual, más o menos discreta, que activará medios y diseminará prejuicios hondamente disgregadores en la sociedad. En otras palabras: la ética pública –y privada- será, cada vez más, un poderoso instrumento de lucha contra el terrorismo de cobertura que financia al terrorismo de acción. Todo político democrático –y, por supuesto, cualquier funcionario- que no pueda, o no quiera, cumplir el imperativo categórico que es el deber de moralidad en su desempeño prestaría un flaco servicio a la democracia española, y a la seguridad de sus compatriotas. De manera creciente, la lucha contra el terrorismo también lo será –ya lo está siendo- contra la corrupción. Las conexiones entre ambos fenómenos son más densas en materia financiera de lo puramente coyuntural. 

La derecha democrática que cumpla escrupulosamente las leyes será un ejemplo de civismo, al igual que la socialdemocracia o el liberalismo, u otras tendencias -más a la izquierda o a la derecha- pero también responsablemente democráticas. La ultraderecha que llama a las puertas del Viejo Continente pretende la implantación gradual de una cultura política antidemocrática, surgida de la tensión social que provocarían hechos de profunda huella psicológica. La mentalidad del psicópata político es un factor compartido entre ultraderechistas y terroristas. Todo sectario, sea más o menos fanático, suele ser víctima de un complejo de superioridad que únicamente esconde sus propios traumas interiores, sus vacíos existenciales, una búsqueda de venganza como axioma purificador que exigirá mayores cotas de sacrificios y de entregas por parte de los acólitos. Éstos deberán conducirse bajo el sometimiento de su líder, erigido ya en una fuente de verdad para ellos. La mayoría de los actuantes deberán seguir, una a una, todas las instrucciones de la “organización” que exige, además, sacrificios y búsqueda de nuevas entregas en el altar del ideal que es la ideología irredenta.

El auge organizativo de la extrema derecha como realidad política operativa es ya un peligro que adopta distintas formas día a día; pero lo realmente inquietante para la democracia europea es que, por vez primera en largo tiempo, existe una suma de condiciones que permiten la constitución de un partido ultra unificado a nivel continental realmente eficaz para cautivar el voto de los ciudadanos. A ese extremismo se le han caído por el camino los atributos de la religiosidad que, menos que más, podían haber adecentado su imagen pública. Al contrario; lo que surge ahora es una opción radical que pretende la conquista del poder en al menos un país europeo donde, constituido un gobierno afín, se ejecutaría el ensayo general de lo que deberá ser su proyecto para el continente. Los países potencialmente en riesgo son los surgidos del antiguo bloque soviético, aunque tampoco podemos descartar la relevancia de este movimiento en Estados nuevos como los aparecidos en los Balcanes y proximidades. Con todo, la organización táctica, la ingeniería financiera, el “cerebro” directivo, permanece en países como Austria o Francia.

La constitución de un partido supranacional de radicalismo derechista podría ser una realidad efectivamente operativa a medio plazo, superando viejas rémoras y anticuadas estructuras organizativas. ¿Qué necesitan los nuevos fanáticos? Una propuesta motivadora, un líder carismático y recursos materiales. Otro aspecto -igualmente grave- es la pertenencia de la nueva extrema derecha a una vertiente profundamente social en cuanto a su planteamiento de políticas públicas. Al mismo tiempo, conviene tener presente que los distintos movimientos ultras no constituyen ni disponen de una unidad de acción. Más que otros fenómenos ideológicos, necesitan de caudillos galvanizadores y creíbles. La muerte del carismático líder austríaco Jorg Haider significó el retraso de un proyecto paneuropeísta de partido radical que, tarde o temprano, acabará realizándose. El tiempo caído del Cielo debe ser aprovechado por los demócratas a la hora de establecer programas que infundan nuevo vigor a las posiciones en defensa de la libertad. Lo primero es proceder a una remoralización de la política. No se trata de hacer propaganda, sino sobre todo de dar ejemplo. Hechos, no prédicas. Si el repentino óbito de Jorg Haider dejó en una momentánea orfandad de liderazgo a la derecha antidemocrática más inteligente, no obstante los recursos sí están disponibles aún cuando el surgimiento de un discurso atractivo no podrá tardar en producirse a resultas de la febril actividad de los laboratorios de ideas que trabajan a destajo para generar proposiciones que articulen el renacimiento de la extrema derecha.

De manera significativa, las mafias tradicionales podrían ser más fácilmente convencidas respecto a la necesidad de desvincularse de la financiación –aún indirecta- del terrorismo, pues aquéllas disponen de una estructura sólida, organizaciones asentadas y una vocación formalmente “mercantil”. Menos asequible sería la persuasión sobre los dirigentes de la ultraderecha, ya que éstos no conciben el terrorismo fundamentalista como un aliado ajeno, sino como la vanguardia armada de su propio movimiento. Tras el fracaso del terrorismo neofascista, que alcanzó su cenit en la década de 1970, se produjo una reconducción de la acción “militar”; los líderes del nuevo nacionalsocialismo comprendieron que, dentro de las sociedad plurales y democráticas de Occidente, la comisión de atentados les reportaba una pésima imagen. Y la forma de ganar ascendiente “psicológico” –y poder político- sobre la opinión pública, reside en presentarse como paladines en defensa de los pueblos de Occidente, no en atacantes de los mismos. Los sicarios fundamentalistas someten a la población, y a los Gobiernos, de los países occidentales a una mayor presión que la ultraderecha, y ésta sólo debe esperar a recoger los frutos, que caerán maduros una vez el hartazgo cause mella en el ciudadano medio.

La estrategia está trazada desde hace ya tiempo, y ha requerido el esfuerzo conjunto de numerosos individuos. Desde la época de François Genoud se levantó la imponente arquitectura financiera que, a partir de entonces, debía sostener el edificio de la ultraderecha y sus poderosos tentáculos. La ligazón con los elementos abiertamente autoritarios –cuando no fascistas- dentro de países magrebíes y del Próximo Oriente fueron activados por el dinero nazi… hasta el momento presente. Las estructuras creadas a rebufo de la Segunda Guerra Mundial, como ODESSA, quedaron definitivamente superadas. El terrorismo islámico es un fenómeno más antiguo, mejor preparado y menos autóctono de lo que algunos expertos creen. De hecho, la extrema derecha europea ha provocado una involución ideológica en demasiados países musulmanes. Recordemos únicamente el caso de Afganistán, un país socialmente desarrollado bajo el reinado de su último monarca; de hecho, en los años sesenta, las mujeres afganas disponían de una libertad que hoy parecería quimérica. Un estudio comparativo detenido de los índices reales de educación (escolarización, por ejemplo), camas de hospital por mil habitantes, calidad de vida, o sanidad pública, de numerosos Estados musulmanes con datos de hace treinta o más años, haría palidecer a los occidentales intransigentes que afirman la existencia de un determinismo que conduce inexorablemente al atraso económico entre estas naciones. Al contrario; el fundamentalismo ha sido alimentado, como una víbora criminal, por parte de líderes de la ultraderecha, y bajo la aquiescencia irresponsable de algún Servicio de Inteligencia occidental indigno de tal nombre. He aquí una verdadera causa de la involución que se ha producido entre las elites dirigentes de países musulmanes, infectadas por ideas y dineros que venían de fuera, y por razones que van mas allá del “antisionismo”; desde luego, la sociedad de esas naciones desea vivir en paz, siendo víctima, no victimario, de las políticas del fanatismo inducidas desde el exterior.

5. AVISO PARA NAVEGANTES

Consideremos el supuesto –no enteramente probabilístico- de que un Estado, particularmente amenazado por el terrorismo, a través del seguimiento por parte de su Servicio de Inteligencia de una sinuosa línea de investigación, con el apoyo de colaboradores locales en diferentes puntos de Occidente, descubre -y obtiene pruebas de ello- acerca de la conexión del tridente integrado por el blanqueo de capitales en el urbanismo salvaje que se practica en España (y en otros lugares del Mediterráneo, y de Occidente), la corrupción política que protege esa práctica delictiva y la financiación del terrorismo internacional. 

El 3 de agosto de 2003, el diario EL PAÍS publicó una noticia en su primera página relativa a “El CNI deja de investigar casos de corrupción”[5]. El contenido de la información  –una verdadera bofetada en la cara de los Estados aliados que luchan contra el terrorismo- significó también un antes y un después sobre el Gobierno de la época. Autorizados observadores extranjeros interpretaron estos hechos como inoperancia del entonces Ejecutivo respecto a la lucha contra la corrupción; lo cual, en aplicación del antedicho silogismo, también marcaría los límites que el combate efectivo e integral contra la financiación del terrorismo internacional se alcanzaba en España. Fuera cual fuera la motivación –caso de haberla- para lo que fue considerado como inacción, parece claro que tuvo un resultado políticamente suicida para el Ejecutivo español, pues se bloqueó una salida transaccional y honrosa, conduciéndole hacia una caída inducida desde fuera, pero multiplicada –en sus efectos y magnitudes- de manera imprevista por los criminales atentados del 11 de marzo de 2004. La obcecación de aquel grupo de antiguos gobernantes, que todavía hoy parecen ignorar las causas reales de su pérdida del poder, es una prueba de fuego respecto a la necesidad de colaborar lealmente, y hasta sus últimas consecuencias, con los aliados occidentales. La persecución del blanqueo de capitales que financia al terrorismo internacional era entonces, y sigue siendo ahora, un deber prioritario del Estado de Derecho español. Sin excepciones.

Las organizaciones del terror operan atendiendo una perspectiva global, de ahí que resulte indispensable ubicar y extirpar sus tentáculos financieros, donde quiera que se encuentren. Se demuestra errónea la pretensión de perseguir únicamente a los activistas del terrorismo de acción, pero no tanto a los cerebros que, con traje y corbata (a veces, desde una percepción técnica, puramente mercantil del “negocio”, desprovista de toda sensibilidad moral y plenamente integrados en la sociedad), blanquean capitales para la “causa”. Si la extrema derecha capta que los puentes se le cierran, procederán sus sectores más beligerantes a apoyarse en grupos de violencia política. No puede descartarse que, en situaciones extremas, puedan haber derivas hacia el terrorismo. ¿A quién le interesa dislocar a Occidente? Claramente las conexiones entre la ultraderecha y el fundamentalismo islamista son un aspecto que conviene examinar con suma atención. Las sinergias respecto al odiado enemigo común indican un acercamiento –operativo, no sólo ideológico o de apoyo mutuo- entre líderes de extrema derecha y grupos terroristas activos. Lo más inquietante del caso es la dificultad para prevenir tales movimientos en el tablero del poder. Se impone la necesidad de implementar una acción alternativa que sea auténticamente eficaz; ello requiere, en primer lugar, en la adecuada dotación de medios a Servicios de Inteligencia y fuerzas de seguridad públicas. Recursos materiales y económicos, incrementos salariales genéricos y la incorporación de mayores incentivos por la consecución de resultados, instrumentos legales para actuar, garantía del carácter secreto de las investigaciones, solvencia moral y profesional de los intervinientes en la lucha contra el terrorismo de acción y el de cobertura (desde el juez hasta el oficial de Inteligencia), creación de equipos autónomos con plena disponibilidad de medios en cualquier lugar donde exista un peligro potencial, etc. Nos enfrentamos a una amenaza global que requiere de soluciones igualmente integrales. Además, también debería reforzarse el entrenamiento y la formación, rompiendo la ineficiente barrera entre teoría y práctica, pues, como hace el Mossad, ambos aspectos son partes de un mismo objetivo: la utilidad como Servicio de Inteligencia. Ello significaría, entre otras medidas, dotarse también de personal capacitado en la prevención de riesgos, por supuesto, pero también en la provisión de soluciones viables a priori. Lo que define a un buen analista es su capacidad de anticipación a los problemas que puedan surgir, no sólo la realización de un impecable examen de una situación que está ocurriendo y que, por ello mismo, ya resulta difícil detener los perjuicios que pueda ocasionar. Los mejores análisis, los informes más útiles, son siempre los que permiten eludir daños que, de otra forma, serían inevitables; dotar del control a los directivos de Inteligencia para desactivar –antes- riesgos potenciales. Esto no se hizo en el último cuarto del siglo XX, cuando la ultraderecha europea modificó su estrategia. Probablemente, el Mossad haya sido la única agencia que ha mantenido una vigilancia exhaustiva –y continuada en el tiempo- sobre este fenómeno; ahora, también corresponde a otros compartir el peso de una tarea que obliga por igual a las democracias occidentales. Es preciso dotar a esa línea de los medios suficientes para desentrañarla por completo y, llegado el caso, desactivarla. Queda poco tiempo.

El mito de la Roma imperial sitiada por las tribus bárbaras es una construcción mental –de hondo calado y antigüedad- fabricada en los moldes de los viejos nazis europeos. Lejos o cerca del tono apocalíptico de otros tiempos, los ultraderechistas jalearán la amenaza de lo extraño contra los ciudadanos de sus respectivos países. El mito oscuro de la antieuropeidad rebrotará de nuevo a manos de estos alquimistas del mal. En semejante contexto, Estados Unidos y sus aliados occidentales deberán afrontar un escenario cada vez más difícil. Las redes de corrupción urbanística que facilitan mayores “servicios bancarios” al terrorismo internacional se asientan, de manera especial, en la Costa Blanca (a destacar las Marinas y la meridional comarca de la Vega Baja), pero también en la Costa del Sol (no sólo Marbella); tampoco resulta insólito el caso de familias de empresarios españoles, radicados en lugares discretos pero de enorme actividad constructora, donde el movimiento de capitales permite el blanqueo a través de redes opacas protegidas por funcionarios y políticos corruptos. Entre estos últimos, también aparecen algunos jueces y policías encargados de proteger los intereses de una red, que comenzó siendo de corrupción política, pasó a convertirse también en un medio de financiación ilegal de los partidos implicados, luego en una fuente de enriquecimiento personal y, desde hace ya años, la misma red opera también para el blanqueo de capitales, con “clientes” como mafias eslavas que, a su vez, mantienen “acuerdos” con organizaciones terroristas.

Hoy día, la dirección de los principales movimientos terroristas se atribuyen en su lógica operacional un sesgo claramente intelectual; la “sofistificación” de sus planteamientos denota mentes criminosas pero brillantes. Son fanáticos, pero no mediocres. De hecho, la “puesta en escena” de sus más emblemáticos atentados denota un componente visual (y mediático) ausente en otras organizaciones. Los actuales dirigentes terroristas son extremadamente inteligentes, incluso astutos, y, por ello, peligrosos. Saben administrar sus tiempos (el silencio con la acción), utilizan a una tropa de choque –básicamente integrada por adeptos fanatizados- a la que sacrifican sin dudas ni remordimientos. El nuevo terrorismo no precisa numerosas acciones para lograr sus objetivos; al contrario: unos pocos atentados son suficientes, pero, eso sí, debe tratarse de operaciones que provoquen el asombro de unos, y la admiración de otros. La escenografía del terror al objeto de provocar la desmoralización de Occidente. Su estrategia envolvente pasa por consolidar un clima permanente de angustia y temor. A partir de ahí, las células durmientes, los activistas “saltadores”, pueden esperar el tiempo necesario para actuar; el dinero de que dispone la organización les permite planificar acciones a años vista. Toda insistencia en este punto es poca: resulta necesario cortar de raíz las fuentes –estén donde estén- que aportan financiación al terrorismo.

6. ¿A MANERA DE CONCLUSIÓN?

He aquí el talón de Aquiles del terrorismo fundamentalista: la organización depende en grado sumo del dinero que obtiene del blanqueo. El terrorismo actual depende absolutamente del dinero para su funcionamiento operativo, pues dispone de una infraestructura volátil pero costosa (ideólogos, estrategas, activistas, mandos, “políticos”, y la cara red de apoyos, células, caridad a los grupos “amigos”, etc.). De bloquear sus fuentes de financiación, ese terrorismo quedaría reducido a una mínima expresión criminal. Recordemos que, ya en 2001, los dirigentes de Al Qaeda invirtieron en la Bolsa, antes del 11-S, en el sector de la industria de armamentos y de seguridad, sabedores de que a partir del 12-S estas empresas subirían exponencialmente en su cotización. Como así fue. Algunos de los atentados posteriores, y el oneroso mantenimiento de la organización, se financió gracias a las plusvalías obtenidas en la venta subsiguiente de aquellas acciones bursátiles. Una mafia criminal, volcada al terrorismo, financiada mediante “negocios”, con sus cuadros, su jerarquía, sus rituales, y su crueldad. De alguna manera, esta manifestación de criminalidad organizada transnacional conjuga a la vez el terrorismo de cobertura y el terrorismo de acción; de hecho, la misma “organización de organizaciones” necesita la diversificación de sus inversiones (aunque la fuente de las mismas continúa residiendo en operaciones especulativas como en el sector inmobiliario), de tal manera que, tarde o temprano, acabará chocando con las mafias no terroristas. A los alquimistas del mal les interesa la retroalimentación con aquellos que puedan dislocar la estabilidad de Occidente. Y ello obedece a una percepción empírica de lo que debe ser su acción política. La perdida de valores democráticos, y cívicos, a causa del terrorismo sería la mayor victoria de éste, pues su táctica no reside únicamente en la destrucción de vida humana, el asesinato en masa o selectivo (que, para el caso continúa siendo un crimen igualmente execrable), sino la socialización del dolor en el conjunto de una comunidad que debe ser sojuzgada mediante la aplicación de “violencia”.

La lógica financiera que aplica la dirigencia terrorista indica que se acometerá una gradual diversificación de sus operaciones, hasta el punto de limitar su dependencia hacia los “socios” e intermediarios; la tendencia será ejercer un mayor control sobre sus propias inversiones, sean en el sector inmobiliario español u otros. Se trata de procurar la máxima optimización de las fuentes nutricias, obteniendo una rentabilidad suplementaria que realmente necesitan, al tiempo que garantizarían su objetivo primordial: la plena opacidad de sus finanzas. No puede descartarse, antes al contrario, que desde las organizaciones terroristas se promueva la inversión directa, tras años de “aprendizaje” de la mano de las mafias, al objeto de abaratar el coste del blanqueo de capitales (más, si cabe, cuando el cerco a los operadores que ahora realizan sus principales transacciones de blanqueo obligue a la reducción de tales operativas bancarias e inmobiliarias). Sin embargo, la línea predominante será la interposición de compañías tapadera, y cuentas ocultas, que vertebren una red mixta empresarial (y laboral) que “justifique” movimientos de capital. Claramente, las conexiones entre la ultraderecha y el fundamentalismo constituyen un aspecto estratégico productor de sinergias respecto al odiado enemigo común. Lo más inquietante del caso es la dificultad para prevenir esa coalición del terror pues, de forma significativa y paradójica, sus propias contradicciones favorecen la opacidad de sus fuentes, relaciones y tácticas. Ello requerirá un esfuerzo extraordinario para distintos Servicios de Inteligencia que, de manera inexcusable, estarán obligados a colaborar activamente entre sí; única vía, esta última, a la hora de neutralizar a un adversario creciente, difuso y cada vez más mimetizado (en el territorio, en la sociedad, entre nosotros). 

Bibliografía:

CASALS, Xavier (1995): Neonazis en España. De las audiciones wagnerianas a los skinheads (1966-1995), Barcelona, Editorial Grijalbo.

CASALS I MESEGUER, Xavier (1998): La tentación neofascista en España, Barcelona: Plaza y Janés.

JORDÁN, Javier; Fernando M. MAÑAS y Humberto TRUJILLO (2006): “Perfil sociológico y estructura organizativa de la militancia yihadista en España. Análisis de las redes de Abu Dahdah y del 11-M”, Inteligencia y seguridad: Revista de análisis y prospectiva, número 1, diciembre de 2006 , 79-111.

LINZ, Juan J. (2008): Obras Escogidas. Fascismo: perspectivas históricas y comparadas, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, volumen 1.

NAVARRO BONILLA, Diego y Miguel Ángel ESTEBAN NAVARRO, coordinadores (2006): Terrorismo global. Gestión de la información y servicios de inteligencia, Madrid, Instituto “Juan Velázquez de Velasco” de Investigación en Inteligencia para la Seguridad y la Defensa (Universidad Carlos III de Madrid) / Cátedra Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos (Universidad Rey Juan Carlos).

VV.AA.: “Polítics en venda. Escàndols al sud del país”, dossier especial de la revista EL TEMPS, número 1.276, 25 de noviembre de 2008, pp. 11-35.

VV.AA.: “La costa nostra”, dossier especial de la revista EL TEMPS, número 1.293, 24 de marzo de 2009, págs. 12-24.

 

 


[1] Los movimientos pacíficos antisistema cumplen una importante función social, en ocasiones verdaderamente positiva, de actuar como conciencia crítica en Occidente, pero, no lo eludamos, algunos grupos también han desatado actuaciones cercanas al radicalismo, y sus usos contestatarios recuerdan demasiado la subcultura de resistencia de organizaciones que propende a la violencia. La nueva derecha se vestirá con las ropas deshilachadas de los antisistema, con el uniforme burgués de los capitalistas y, llegado el caso, también con la visión de quienes se erigen en últimos bastiones de la “civilización” occidental. Y esto lo hará según le interese o, más probable, mediante la conjunción de todo a la vez.

[2] En octubre de 2009 el entonces Secretario General en funciones del Partido Popular de la Comunidad Valenciana, y también diputado en las Cortes Valencianas, César Augusto Asensio Adsuar, quedó afectado por el escándalo de su carta al director del diario INFORMACION que fue publicada el 1 de julio de 1979. Bajo el título de “Explosión de pro-judaísmo”, Asensio justificaba la persecución al judío: “y todos sabemos por que. El judío durante toda su vida se ha dedicado a vivir a costa de los demás con la usura y la finanza. Siempre de intermediario-parásito y nunca como elemento productivo en una comunidad distinta a la suya con la cual vive, minando al Estado e influyendo en el gobierno gracias al poder que tienen sobre el dinero, provocando por todo esto las iras del pueblo”. Además de su espantoso antisemitismo, el luego dirigente del Partido Popular español negaba la Shoah, afirmando también la inexistencia de genocidio en los campos de exterminio. Para Asensio, el victimismo judío respondía a un propósito deliberado: obtener indemnizaciones de  Alemania “por unos crímenes que no ha cometido”, y “para desprestigiar al nacionalsocialismo”. Cuando Asensio redactó, y publicó, semejante escrito no era militante del Partido Popular. Pero lo grave es que un partido democrático no disponga de medios, o no los ejerza, para verificar el ingreso a su organización de elementos claramente no deseables que, además, realizan una escalada vertiginosa hacia las cimas del poder partidario. Si esto sucede con los personajes que hicieron jactancia de su pensamiento antidemocrático, resulta inquietante considerar la posibilidad cierta de infiltración por parte de sujetos más preparados y discretos.

[3] Aquí sí, el diseño de la extrema derecha europea recupera ideas –y hechos- de su pasado. Tanto Hitler como Mussolini se presentaron en 1933 y 1922, respectivamente, como los salvadores de las instituciones y del país en su conjunto. Sus primeros gobiernos tuvieron un perfil no tan abiertamente nacionalsocialista o fascista como a posteriori, y sus primeras declaraciones desde el poder contentaron a los sectores tradicionales y a la opinión burguesa. Al mismo tiempo, y en aplicación del doble juego típico de la extrema derecha, tanto Hitler como Mussolini desactivaron los mecanismos del Estado de Derecho. En particular, el “progreso” de Hitler en esta materia fue prodigiosamente rápido, pues en apenas unos meses en el Gobierno desmontó la democracia de Weimar para sustituirla por un régimen totalitario, más exhaustivo que el de Mussolini.

[4] La alianza “histórica” de la ultraderecha europea con los radicales islamistas se mantiene, pero con fisuras que no se daban en el ciclo histórico anterior. Cuando Hitler recibió a Al Husseini en Berlín -durante la Segunda Guerra Mundial- cada grupo habitaba en su mundo, y colaboraban entre ellos como lo hacen los residentes distantes: sin problemas de vecindad. Ahora, por el contrario, los europeos de religión musulmana constituyen una parte sustancial de nuestros países. Su positiva contribución a la cultura y la economía, la prosperidad y la diversidad de Occidente, es parte ya de las conquistas sociales de este cambio de siglo. Frente a la mayoría de musulmanes que colaboran activamente en la mejora de la sociedad, puede darse la existencia de grupúsculos -numéricamente insignificantes- que han sido fanatizados a favor del terrorismo dirigido contra todos, e imponer su dominio sobre el resto de la comunidad de creyentes. Se trata, obviamente, de un fenómeno básicamente autoritario, con matices psicológicos inquietantes: la irracionalidad de sus posiciones les hace prácticamente impermeables a los argumentarios tradicionalmente utilizados ante otros fenómenos de violencia política; de ahí que, aquí, la degeneración en terrorismo haya sido un imperativo para garantizar la operatividad de un objetivo último y otro subsidiario: la toma del poder sobre la comunidad musulmana (integrada, como decimos, por una inmensa mayoría de excelentes personas, padres honrados que trabajan para dar a sus hijos una vida mejor, creyentes en un religión generosa y solidaria que aporta honestidad en la ejecutoria personal y ejemplaridad en el desempeño familiar). Sin embargo, los partidos nacionalsocialistas europeos son abiertamente xenófobos, cuando no racistas contra las personas de religión musulmana y/o procedencia de países considerados “pobres”. Los planes nazis desplazan a esos Estados, y a sus descendientes que puedan vivir en Occidente, a una posición relegada como fuente provisora de mano de obra barata a favor de una Occidente “blanca”. El deber del Estado de Derecho exige la defensa y protección de nuestros hermanos musulmanes contra la amenaza del autoritarismo; en la sociedad, en sus vidas.

[5] En el mismo artículo, de impecable factura profesional y alta calidad periodística, firmado por José María Irujo, se constata lo siguiente: “La corrupción ha dejado de ser una preocupación para el Gobierno de José María Aznar. Jesús Cardenal, fiscal general del Estado, reclamó recientemente la supresión de la Fiscalía Anticorrupción, creada en 1996 por el Gobierno socialista. El Centro Nacional de Inteligencia (CNI), antiguo Cesid, que dirige Jorge Dezcallar ha suprimido la división de economía y tecnología que durante varios años dedicó a un equipo de espías a investigar casos de corrupción institucional protagonizados por funcionarios públicos”, artículo “El CNI deja de investigar casos de corrupción”, EL PAÍS, 3 de agosto de 2003.