Fernando Cárdenas, Colombia

Ante la amenaza que representa el conflicto colombiano, los países vecinos blindan sus límites naturales como una forma desesperada de atajar el avance de grupos irregulares y el narcotráfico.

Sin proponérselo, Colombia ha estado en el eje del debate electoral de estos días en Ecuador. Por encima de temáticas como la erradicación de la pobreza o la firma de un tratado comercial con Estados Unidos, el candente tema de la frontera con Colombia -que implica la incursión de militares e insurgentes a suelo ecuatorial- ha sido la bandera de lucha de los 13 candidatos en la antesala de los comicios. En especial de Rafael Correa, principal aspirante para suceder al actual mandatario Alfredo Palacio y considerado una ficha del presidente venezolano Hugo Chávez en el tablero latinoamericano, quien se ha mostrado dispuesto a dialogar con la guerrilla e incluso abandonar la neutralidad frente a una guerra interna de Colombia que lleva más de 40 años. Todo con el fin de aliviar la situación de zozobra que viven sus compatriotas en la frontera.

Para este propósito ha solicitado la presencia de comisiones internacionales que investiguen los permanentes incidentes entre las fuerzas militares colombianas y la guerrilla de las FARC, con acusaciones que van desde bombardeos al otro lado de la línea limítrofe hasta la poca colaboración de Quito para combatir campamentos guerrilleros permanentes en el norte de Ecuador. En sus proclamas proselitistas el candidato “chavista” reclama que el conflicto colombiano es un asunto externo, y que las naciones vecinas no tienen por qué lidiar o involucrarse con unos problemas que han aquejado a Colombia a lo largo de su historia reciente: el narcotráfico y la guerrilla.

Con ese tono en el discurso, y en estos tiempos de guerra contra el terrorismo, no hay una concordancia con la solicitud expresa de Estados Unidos de ejercer una presión conjunta en la región andina frente a esos flagelos. Luego de que Washington y Bogotá se han gastado más de 10.650 millones de dólares en el Plan Colombia en los últimos años, esta estrategia ambiciosa que buscaba erradicar los cultivos de coca en diferentes regiones del país, ha dado un giro de timón y en el fondo ha buscado reducir en su mínima expresión la capacidad bélica de las FARC, que por cierto también tiene un rol importante en el negocio de la exportación de toneladas de cocaína a Estados Unidos. De ahí que luego de cinco años de fumigaciones con glifosato a plantaciones de hoja de coca y planes de sustitución de estos cultivos, periódicos estadounidenses como The New York Times cuestionen los resultados de la lucha antidrogas en Colombia tras siete años y que califiquen el plan como un verdadero fracaso.

Pero más allá de estos primeros cuestionamientos, la propuesta que nació en el gobierno de Andrés Pastrana y que recibió la bendición de Bill Clinton en su segundo mandato, tiene su principal logro en reducir a su mínima expresión la capacidad bélica de una guerrilla con más de 40 años de existencia. Al menos, eso dice el gobierno colombiano. Ya se logró en los primeros años del gobierno de Uribe, expulsar a varios frentes subversivos de zonas vitales, como en las cercanías de la capital, y ahora la consigna es debilitarla hasta el punto de llevarla a negociación por la vía pacífica.

A través de su estrategia de seguridad democrática, el gobierno de Alvaro Uribe ha sido más ambicioso en la confrontación militar. Para ello ha creado el Plan Patriota, programa adelantado por las fuerzas militares colombianas que busca recuperar zonas en que las FARC han permanecido por décadas y que nadie conoce más que su arsenal de 20 mil hombres aproximadamente.

Con esta arremetida del ejército colombiano en territorios sagrados de las FARC, gracias a operaciones conjuntas y fuerzas móviles, esta agrupación guerrillera ha tenido que cambiar su estrategia militar en el sur del país. Aquellos tiempos en los que el grupo insurgente permanecía meses, o incluso años en un mismo territorio quedaron atrás, por más selvática o montañosa que sea la región. El Plan Patriota, que se traduce en presencia militar en zonas alejadas y guerrilleras (por tanto con grandes plantaciones de hoja de coca), ha llevado a las FARC a dejar de agruparse en grandes frentes de miles de hombres para dispersarse en pequeños grupos y a no estar estáticos, sino preferir columnas móviles en todo el país. Esa  nueva realidad que va expulsando a los frentes guerrilleros hacia las fronteras ha facilitado como contraparte sus movimientos en otros países, donde la selva, los permisos de vuelos y la topografía son sus aliados a la hora de un ataque aéreo.

“En muchas zonas fronterizas las líneas limítrofes no están bien delimitadas, y esto facilita el resguardo de las FARC en medio de las selvas y de los ríos. Además, las condiciones geográficas hacen que para el ejército el hallazgo de los grupos armados sea más complicado, pues no pueden invadir el espacio aéreo del país vecino”, explica el general retirado Fernando Tapias.

Dentro de los santuarios de este grupo guerrillero liderado por Manuel Marulanda Vélez (Tirofijo), hay miles de hectáreas en las regiones de Putumayo y Caquetá, dos departamentos que limitan con Ecuador y que, en los últimos años, se han convertido en el principal motivo para que las relaciones diplomáticas entre ambos países cada día tengan más tropiezos.

Según el experto colombiano Alfredo Rangel, director de la Fundación Seguridad & Democracia, a pesar de las dificultades diplomáticas entre ambos países, existe una cooperación abierta por parte de Ecuador. “Creo que ese país ha tenido una actitud de integración y entendimiento, sin embargo esto no ha impedido que en esa frontera se presentan algunos incidentes”, dice y confirma lo expresado en el reporte anual de drogas que hace Estados Unidos todos los años, y donde se advierte una “preocupación” por el descontrol en esa zona de Sudamérica.  

Para mal de las autoridades colombianas, el dominio territorial de las FARC no se limita solamente al sur del país. Durante años la extensa frontera con Venezuela ha servido como centro de abastecimiento de armas, municiones e insumos para la confrontación, y hasta le ha dado la posibilidad las FARC de recuperar sus heridos de guerra. Una situación similar ocurre hoy en la frontera con Panamá, donde las selvas y los pantanos del llamado Tapón del Darién perjudican la comunicación entre ambos países, pero sirve de camuflaje para los negocios ilegales como el tráfico de armas, de insumos químicos para las “cocinas” cocaleras, y como puerto para recibir todo tipo de productos y electrodomésticos que vienen sin impuestos de Panamá o de Asia.

El papel de Estados Unidos

En los últimos años, el acompañamiento desempeñado por Estados Unidos en la lucha antidroga en Colombia ya empieza a tener los primeros cuestionamientos en los pasillos del Congreso y en los medios de comunicación. No sólo porque los resultados contra la propagación de cultivos de coca no han sido tan acertados como se pensó en un principio (cifras de Naciones Unidas indican que el cultivo de la hoja de coca aumentó el 8% el año pasado en Colombia, con una producción de 86.000 hectáreas), sino porque en términos de confrontación armada, la guerrilla no ha sido debilitada de la forma como se creía. 

Con el respiro en la nuca por parte del congreso norteamericano, el gobierno de George W. Bush ha encomendado al Comando Sur de Estados Unidos la tarea de apropiarse del tema y del lobby diplomático para una estrategia conjunta con países vecinos de Colombia. El propósito de James Hill, general de esta división del ejército norteamericano, consiste en hacerle entender a las naciones ‘hermanas’ de Colombia que aquella lucha le corresponde asumirla a la región y que el conflicto colombiano no debe ser visto como un asunto aislado.

Fue claro James Hill, el responsable de América Latina en estas materias,  al decir que esta batalla contra los grupos insurgentes y el narcotráfico es una causa común, y que ahora –quizás mirando el papel de Chávez y sus aliados en la región- existen otras amenazas preocupantes como el “populismo radical”.

La mala noticia para sus intenciones de apoyar a Colombia, el mejor aliado de Estados Unidos en América Latina, es que este tipo de gobiernos de corte “populista” se asoma con grandes posibilidades de triunfo en todas las elecciones presidenciales que hay en estos meses. Y que de cierta forma, se está formando un gran bloque disidente, con el presidente Chávez a la cabeza, que navega en aguas muy diferentes a los intereses norteamericanos.

Ese panorama también cambia la estrategia a la hora de controlar las fronteras de Colombia. Sin embargo, para el analista de conflicto armado, Alfredo Rangel, los gobiernos de países como Venezuela, Ecuador y Panamá aún cuando no están plenamente convencidos en hacer lo propio por solucionar desde su perspectiva el desgaste que les genera la guerra colombiana, tarde o temprano tendrán la necesidad de unir fuerzas con el fin de preservar su soberanía. “La presencia de la guerrilla y el narcotráfico en esos países obliga inevitablemente a los gobiernos a adoptar políticas y estrategias  para evitar las consecuencias del conflicto armado colombiano”.

Dentro de los cánones de la diplomacia entre naciones, el respeto por la soberanía y el territorio del otro deben ser contemplados como un asunto sagrado. Por tal razón el llamado que hace el Comando Sur del Ejército de Estados Unidos a los vecinos de Colombia no es visto por las respectivas cancillerías como la más pertinente de las sugerencias. “A esta invitación yo no la llamaría presión sino estímulo por parte de Estados Unidos a todos los países. Permanecer aparte es una actitud respetable porque es un problema que únicamente le compete resolverlo a Colombia. Lo que pide nuestro país es que las naciones vecinas cuiden permanentemente su frontera para que estos grupos no la usen como resguardo para que desde allí no se atente en contra de la tranquilidad mutua”, explica Fernando Tapias, ex general del Ejército colombiano.      

Ante el llamado del general Hill a las naciones que rodean a Colombia, el comandante explica: “Nunca habrá solución al problema interno colombiano. Eso requerirá de una reforma política sostenida”. Por su parte, Venezuela ha preferido encaminar su lucha en la frontera contra las drogas por cuenta propia. No es una novedad que para Hugo Chávez las intenciones del gobierno estadounidense no son más que un discurso ‘imperialista e intrometido’ dentro de los asuntos de la región.

Pero más allá de esa apreciación, el país bolivariano decidió emprender una estrategia unilateral con el fin de evitar violaciones en sus zonas fronterizas, con secuestros extorsivos y la presencia de grupos paramilitares a bordo. La recién creada Autoridad Única Militar buscará por medio de un comando unificado defender la soberanía y estrechar los lazos de cooperación entre ambas naciones.

Cosa diferente a lo que pasaba en Ecuador, con la complacencia de Lucio Gutiérrez ante las peticiones de Estados Unidos en cuanto al Plan Colombia y a los acuerdos comerciales. Desde que las protestas callejeras de Quito derrocaron al ex coronel, el actual gobierno de Alfredo Palacio ha optado por tomar distancia ante las iniciativas estadounidenses en los temas de drogas ilícitas y terrorismo. 

La neutralidad de Ecuador frente al tema fronterizo con Colombia siempre ha sido un tema delicado y que todavía no tiene punto final. Desde que ese país permitió a Estados Unidos asumir el control de la base militar de Manta (1999), la estrategia del país del norte ha sido vigilar los conflictos domésticos del país, pero también prestar asistencia al Plan Colombia.

Este solo hecho ha generado gran controversia en la opinión ecuatoriana, hasta el punto de convertirse en un tema de campaña para las elecciones presidenciales de octubre. Cualquiera sea el ganador de los comicios, el próximo presidente deberá tomar la decisión, en el 2009, de prolongar o no la presencia militar de Estados Unidos en esa base.

Por encima de los problemas domésticos que tiene cada país o la forma de resolver su situación fronteriza con un país en guerra, los expertos colombianos en esta materia coinciden en que los problemas de este país no son aislados y de alguna u otra forma afectan a la región. “La globalización no sólo está relacionada en los campos de la economía. También hace que el mundo se convierta en una aldea global para delinquir. Todo lo que pasa en Colombia, en términos de drogas, va a afectar a la comunidad internacional. Es por eso que esa lucha la debemos emprender todos”, concluye el ex general Néstor Ramírez.  

Frontera ecuatoriana

Los acercamientos que los cancilleres de ambos países han tenido este año no precisamente han sido por cuenta de acuerdos comerciales, sino para mitigar la creciente ola de denuncias sobre irregularidades en los 586 kilómetros de frontera entre ambos países. El pasado 24 de agosto se registró el último ‘incidente’, en el que los impactos de morteros del ejército colombiano sobrepasaron la línea divisoria dejando tres ciudadanos de ese país heridos y destrozos en sus viviendas. De inmediato el canciller de Ecuador Francisco Carrión, dejó notar su molestia ante el gobierno colombiano, luego de la rutinaria respuesta del gobierno colombiano ante esas anomalías (“vamos a hacer las respectivas investigaciones del caso”). “He dicho que la respuesta de Colombia definitivamente no satisface al gobierno ecuatoriano, pero la nota también contiene elementos que nos alientan, puesto que señala su disposición para sancionar a los responsables y reparar las victimas”, explicó el Ministro de Relaciones Exteriores de ese país a un medio de comunicación local.

Las dificultades fronterizas entre Ecuador y Colombia no se limitan al traspaso de fuerzas militares colombianas a tierras ecuatorianas. Los campesinos de esa nación han sentado su más enérgica protesta ante la fumigación de casi 75 mil hectáreas en la zona fronteriza por parte de las fuerzas militares colombianas en su plan de erradicación aérea de cultivos de coca.

De acuerdo con las denuncias de los trabajadores de la tierra de Ecuador, la aspersión de glifosato en su territorio ha afectado la producción de los frutos de la tierra, ha contaminado sus ríos y ha dañado terrenos fértiles.

Al permanente sobrepaso de la frontera por parte del ejército y la guerrilla colombiana y la fumigación en la zona, la cancillería ecuatoriana agrega que los habitantes de la zona deben soportar el contrabando de gasolina, el robo de vehículos, el tráfico ilegal de drogas, armas y hasta de personas. “Para las FARC esta zona se convierte en un corredor interesante, pues allí se aprovisionan de armas, municiones, material bélico, y hasta recuperan a sus enfermos. Es más, ellos tienen en cuenta de que esta es una zona en donde no existen numerosas operaciones militares”, analiza Rangel.     

Frontera venezolana

Casos como la captura en Caracas del ‘canciller’ de las FARC, Rodrigo Granda, conspiraciones del Departamento Administrativo de Seguridad  colombiana (DAS) en contra del presidente Hugo Chávez, y la captura de paramilitares colombianos en territorio venezolano que buscaban atentar contra el presidente bolivariano, han sido suficientes para que el actual gobierno de ese país mire con recelo las políticas fronterizas que Colombia adelanta bajo el apoyo de Estados Unidos.

“El Plan Patriota del gobierno de Colombia y Estados Unidos es un apoyo de las Fuerzas Armadas colombianas a los paramilitares, y aunque el gobierno de Washington ha hecho esfuerzos para neutralizarlos, de un tiempo para acá los están entrenando”, dijo a la prensa el general del Ejército venezolano Melvin Pérez, secretario del Consejo de Defensa de la Nación (Codena).

Por tal razón, en el último año la cooperación entre Venezuela y Colombia, para cuidar los 2 mil kilómetros de frontera, ha sido interrumpida por la falta de coherencia entre ambos países. “Aún cuando las relaciones con el gobierno venezolano no son muy fluidas, se nota que hay una decisión de tener una mayor capacidad de control sobre las zonas fronterizas. Sin embargo, eso no ha impedido que en ambas fronteras no se presenten incidentes en los que casi siempre está involucrada las FARC”, explica Alfredo Rangel.

Un ejemplo de la importancia que tiene la frontera para el gobierno venezolano es la ‘Autoridad Unica Militar’, fuerza que busca coordinar esfuerzos con el fin de detener ataques en la frontera, ya que desde 1999 se han registrado 1.147 secuestros en Venezuela.

Las aprensiones entre ambos países también se respiran en la Casa de Nariño y en Washington, pues Venezuela en los dos últimos años ha emprendido una carrera armamentista financiada por las utilidades del precio del petróleo. Fragatas españolas, 20 aviones Supertucano brasileños, 40 helicópteros rusos MI-17 y MI-35, 100.000 fusiles AK-103, forman parte del listado de adquisiciones de Caracas, pese al bloqueo de Estados Unidos para comprar equipos o tecnología militar desde mayo pasado.

Según el general retirado Néstor Ramírez, Venezuela está aumentando su capacidad bélica enormemente, lo que conlleva a incrementar el nivel de presión de las relaciones diplomáticas entre ambos países. “Con o sin Chávez, el problema con Venezuela es importante. Las relaciones en este momento pueden estar medianamente bien, pero siempre estarán colgando de un hilo”, analiza el general que ha encabezado comisiones oficiales en el exterior.

Frontera panameña

A diferencia de la dinámica que ha adquirido la guerra en las fronteras con Ecuador y Venezuela, el conflicto armado en Panamá cuenta con dos características especiales. Desde que Estados Unidos le entregó a ese país la administración de su canal a comienzos de este milenio, el tráfico de personas ilegales y armas, la venta ilegal de combustible, y el crimen organizado ha encontrado en la zona fronteriza un nuevo corredor que conecta el centro con el sur del continente. Una vez que los estadounidenses dejaron de administrar el canal interoceánico, el ejército panameño se hizo a cargo de la zona y su capacidad operativa no da abasto para proteger y cuidar la frontera del Darién.

Para enredar aún más el panorama fronterizo, el Bloque Elmer Cárdenas de las Autodefensas Unidas de Colombia, que llegó a la zona hace ocho años y despojó del territorio al frente 57 de las FARC, se acaba de desmovilizar y acogerse a la ley de Justicia y Paz, promovida por el gobierno colombiano, por lo que esa zona ahora está cubierta por brigadas militares, sin la experiencia ni el conocimiento del lugar.

Con la entrega de ‘El Alemán’ (Freddy Rendón), comandante del Bloque Elmer Cárdenas, de las AUC, el frente 57 de las FARC ha retornado a la zona. De estar recluido en las montañas selváticas del lado panameño, ahora han bajado a los valles de Tanela y han comedido algunas incursiones armadas en pequeños caseríos. Fe de ello la da el acoso a 700 indígenas Wounaan y de tres muertos en la zona de El Limón, arriba del resguardo de los indígenas kunas, en medio de los 286 kilómetros de extensión.

“Todos los conflictos generan desplazamiento, en especial los internos, y más uno como el colombiano, en donde no es una guerra civil en la que se enfrenta un sector de la población con otro, sino grupos armados de izquierda o derecha que están financiados por el narcotráfico y que luchan por el dominio territorial”, explica el ex general Tapias.

Pero Rangel va mas allá al explicar que la falta de recursos de ambos países ha hecho de la zona el puerto de llegada de armas provenientes de Centroamérica y zona de salida de lanchas rápidas cargadas de cocaína. “Panamá no tiene un ejército sólido y tiene muy poco vigiladas esas fronteras, y a pesar de que se han acordado algunos mecanismos para afrontar el tema, no siempre se han tenido soluciones”, concluye.

Por algo el pasado 17 de mayo la DEA realizó el operativo internacional, ‘Océanos gemelos’, en el que se capturaron 11 panameños y cuatro colombianos. De hecho, en los últimos tiempos se ha registrado la compra repentina de islas como Esmeralda, en la provincia de San Carlos, así como tierras en zonas como Chepo, Bayano y Tarti por parte de narcotraficantes colombianos para agilizar sus envíos.