WikiLeaks y la diplomacia descarnada

Por: Luis Marcó Rodríguez

Santiago, 1 de Diciembre de 2010

La decisión de WikiLeaks de difundir más de 250.000 documentos del Departamento de Estado revela no sólo la fragilidad del “secreto” para Estados Unidos, sino también la vulnerabilidad que puede tener cualquier Estado frente a las plataformas tecnológicas. El tema trasciende al debate de cuanto control estatal debe o no tener la información que circula por la web, tan en boga durante los juegos olimpicos en China, y nos remite a algo aún más básico como es la capacidad del Estado para cautelar su propia información crítica y si ésta es legitimamente publicable en caso de negligencia. Eso en sí es un tema extremadamente complejo ya que comporta la seguridad de las redes digitales oficiales, pero especialmente los hábitos de seguridad en materia de información, es decir, el factor humano. No cabe duda que los informes que se han dado a conocer deben haber sido enviados al Departamento de Estado por medios cifrados desde las distintas legaciones diplomáticas, pero nada de eso sirve sin una adecuada cultura organizacional que valore la reserva de la información.

La posibilidad que un simple cabo de las fuerzas armadas estadounidenses sea el origen de este desaguisado no es imposible, pero no parece suficiente explicación. De ser así Estados Unidos desnudaría una vulnerabilidad enorme en la que la acción malintencionada de una persona compromete su política exterior y daña a otros estados. ¿Puede haber una conspiración mayor tras este caso?, es una cuestión factible desde el momento que se creó un sitio con un propósito tan determinado como WikiLeaks, cuya existencia no puede sostenerse sin vulnerar la seguridad de la primera potencia mundial. Otro aspecto interesante es que pareciera más abordable traspasar el secreto gubernamental que el de las corporaciones privadas, basta pensar cuantos bancos han caído en quiebras intempestivas y los costos que han acarreado a las arcas fiscales sin decir ni “agua va”. La reciente crisis subprime tal vez habría justificado un link para este efecto con mucha mayor razón que perseguir actividades estatales que siguen derroteros harto conocidos. Por lo demás llama la atención que  los gobiernos de Estados Unidos y Europa no pudieron calibrar la magnitud de la crisis  subprime hasta mucho después de su inicio, entre otras cosas por el ocultamiento de información de bancos, aseguradoras e industrias.

Aquí no hay un delito de espionaje en el sentido clásico, donde la información es escamoteda por acciones de servicios de inteligencia y, por lo tanto, sigue manteniéndose bajo reserva aunque  sea sustraída. Lo que se ha presentado es similar a la acción de un hacker que interviene una red gubernamental, lo cual no es tan extraño si se considera que estadísticamente los ataques informáticos que constituyen una amenaza real y más dañina proceden por lo general desde dentro, es decir de funcionarios o  personas acreditadas. Por lo mismo es usual que existan barreras de todo tipo, por de pronto las físicas que complican accesar dispositivos para copiar documentos. Pero una cosa insoslayable es que todo sistema es vulnerable, entre otras cosas porque requiere de administradores en los cuales se deposita un alto grado de confianza.

¿Por qué es crítico lo que revela WikiLeaks?. Lo fundamental, más allá de los contenidos puntuales de los mensajes, es que afecta la confianza del sistema. Los mensajes en sí no difieren de las prácticas de cualquier diplomacia, cuyos informes rutinarios pueden ser más o menos complejos o crudos según el tema o la pasión del funcionario que redacta. Lo que no se puede pretender es que los sutiles códigos diplomáticos que se usan frente a autoridades de un gobierno extranjero sean también extensivos para informar a su propia Cancillería la realidad que enfrenta, en ese caso es esperable que la información contenga juicios de valor. La diplomacia debe moverse en ambos sentidos y saber adaptarse a los códigos que demanda cada modalidad. El problema es que el discurso o el estilo del lenguaje diplomático que podríamos denominar “interno” ha quedado expuesto al escrutinio general pero principalmente de aquellos a que hace referencia. ¿En qué pie quedan de ahí en adelante los embajadores y el personal diplomático?, probablemente los efectos visibles sean pocos, pero se notará en un trato más frío, en asuntos postergados o temas que irán tomando rumbos indeseados. Pero también cabe hacerse la pregunta ¿qué consecuencias tienen para los mencionados en esos mensajes?, es difícil ponderar la incomodidad de más de un mandatario tocado ante calificativos personales o la revelación de ciertas políticas hacia terceros Estados. En este sentido, el alcance de los daños trasciende a la sola diplomacia estadounidense.

Al problema del “pecado de origen” relacionado con la fuga de información se añade la dudosa concepción que ampara al sitio WikiLeaks, cuya finalidad no parece apuntar a denunciar los abusos del Estado, sino a revelar todo tipo de información de  una manera más o menos indiscriminada. De hecho, el sitio buscó domicilio en servidores ubicados en países que no comportan riesgos legales. Por otra parte, antes de publicar los documentos WikiLeaks los mandó a cinco medios diferentes (The New York Times, Der Spiegel, The Guardian, El País y Le Monde) los cuales optaron por  difundirlos. Esto implica que WikiLeaks de alguna manera se ha asilado en la libertad de prensa sin ser un medio periodístico. El sitio tiene el respaldo implícito de los grandes medios que optaron unánimemente por hacerse parte de estas revelaciones. Por lo demás, son precísamente los medios los que han ido dando crédito y valoración a lo expuesto, con lo cual parecieran constituírse en un actor relevante de esta cadena.

La posición de la prensa avala lo que está realizando WikiLeaks, sin reparar que el origen de la noticia plantea reparos éticos objetivos. ¿Es suficiente con ofrecer derecho a réplica a los afectados para que los medios puedan sostener haber obrado con justicia? ¿Es legítimo que publiquen documentos que han sido sustraídos a su propietario y que su difusión daña los intereses de éste?. No es que los medios se autocensuren frente a documentos oficiales, de hecho en el caso Watergate fueron un pilar fundamental de denuncia, pero en ese caso se trataba de develar ilícitos cometidos desde el Estado. ¿Qué ocurre con documentos que son inherentes a un funcionamiento normal del aparato público?. Más allá del morbo o el impacto que seguirán provocando las nuevas revelaciones de una  diplomacia que, como contadas veces, muestra su lado descarnado, lo que verdaderamente sorprende es la poca claridad de los intereses en juego y las grandes interrogantes que abre este episodio.

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