Introducción al Análisis Estratégico 2011

Aproximación crítica al Análisis Estratégico

Por: Patricio Rivas Herrera

País: Chile

Datos biográficos del autor: Sociólogo, Ph.D. Filosofía de la Historia

El contexto civilizatorio, los tiempos, los cambios y el análisis

América Latina está en medio de una enorme encrucijada histórica frente a las dinámicas mundiales de desarrollo y poder. Se trata de un periodo en el cual es indispensable expandir las instituciones, organismos y acuerdos de integración regional con el propósito de ampliar las opciones de desarrollo democrático y estratégico de la región en el curso del siglo XXI.

Este nuevo afán integracionista aparece vinculado a la acelerada expansión de los procesos económicos, políticos, comunicacionales, culturales y migratorios y a la intensificación de las dependencias recíprocas entre los países a escala planetaria a partir del ensanchamiento de la producción y del consumo humano. Pero también, está asociado a la creciente convicción de que  estaremos en mejores condiciones de reducir las brechas internas y con América del Norte y la pérdida de relevancia[1] de la región, si logramos establecer un modelo de cooperación e integración solidaria. Lo contrario a la integración es la fragmentación (Lagos, 2008). De allí, la importancia, para la estabilidad, defensa, seguridad y rol estratégico de la región, de lograr consolidar un espacio común, una cultura de paz y modelos de cooperación e integración actualizados. No se trata solo de una deuda histórica, ello constituye una condición de futuro y telón de fondo de nuestras prioridades y estrategias.

Desde este enfoque es vital elevar la integración a un nivel más proyectivo y sólido. Consolidando esquemas de trabajo en conjunto en todos los puntos que aluden al desarrollo material, a la defensa, a la protección de nuestros recursos, a la integración económica, cultural y política y a la proyección conjunta en todos los escenarios internacionales. Esto no es fácil, ya que hay interés activos de otras regiones por mantener fragmentada a América Latina y sus gobiernos.

Un segundo obstáculo, es que los esquemas y mapas mentales de las instituciones y gobiernos en muchos casos continúan apegados a procesos históricos en declive, o se continúa utilizando enfoques que han sido redefinidos completamente, como ocurre a modo ejemplar en el caso de los conflictos limítrofes o de las xenofobias ante las inmigraciones internas en la región.

Particularmente desde la caída del Muro de Berlín y singularmente desde los atentados del 11-S, se vive el agotamiento de los modelos teóricos generados en el siglo XX y una profunda reconversión de las instituciones encargadas de la seguridad, de la defesa y de los servicios de inteligencia, situación que se complejiza aún más si se asume que todos estos organismos están impelidos a actuar en un mundo altamente complejo, interrelacionado, cambiante e incierto. En efecto durante la década de los 90 los temas de seguridad de la región giraron en torno a los procesos de democratización, integración económica, a la reinterpretación del fin de la Guerra Fría y al conflicto colombiano (Hirst, 2008).

Como se sabe a partir del 11-S las agendas de cooperación se archivan y EEUU generaliza su agenda de macrosecuritización (Buzan, citado en Hirst, 2008), basada en las categorías de seguridad y control que se extiende desde el terrorismo a las migraciones, narcotráfico y maras y que se expresa en la exacerbación de las políticas de defensa y en el incremento del gasto militar.

Con todo, América Latina no desempeña un rol central en la política exterior de EE.UU, no obstante en un cuadro de poder e influencia América Latina se torna relevante cada vez que emergen elementos que amenazan la zona de control.

Desde esta premisa se dibujan algunos temas que tienen que ver con las tensiones del orden mundial y con los factores que lo alimentan, así como los imperativos del análisis estratégico en este contexto, el cual debe asumir como propósito contribuir al diseño de políticas adecuadas en materia de seguridad y defensa para los tiempos futuros.

Al respecto es importante recordar, que hasta antes de la Primera Guerra Mundial  las crisis, las guerras y las revoluciones se extendían a partir de unos patrones y marcos de realidad que permitían predecir con notables grados de certidumbre los efectos de cada evento histórico. No es que cada hecho y sus efectos fueran plenamente conocidos, sino que los niveles de sorpresa política eran por lo general bajos o medianos. Ello ocurría, entre otros factores relevantes, porque el ejercicio del poder estaba en manos de unas pocas intuiciones con alto grado de hegemonía, monopolio y reproducción interna. Como se sabe, ello comienza a modificarse desde mediados del siglo XVIII, pero particularmente a partir de la revolución Francesa, momento en que nuevos actores y fuerzas empiezan a ganar en presencia en muchos territorios del mundo.

De esta forma, la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, el fascismo, el nazismo, los campos de extermino nazis y las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón, terminaron por desarticular las viejas capacidades de predicción, no solo de la política, sino también de la filosofía y la historia. Cierto es que estas disciplinas no tienen los objetivos de la Teoría Política, pero desde siempre han interpretado el presente y proyectado futuros posibles.

En este siglo XXI, las exuberancias de la realidad aumentan no solo en los grandes asuntos del Estado, el poder y en los sistemas internacionales, también se aceleran las transformaciones progresivas y regresivas en los asuntos sociales.

Pero a pesar de la complejidad e incertidumbre del orden civilizatorio actual, intentar construir prognosis y visiones de futuro continúa siendo un medio central de existencia y desarrollo de la especie humana. Realidad(es) en la cual proliferan, se expanden y mutan múltiples actores formales e informales, legales y delictivos, globalizados y localizados, progresivos y regresivos, de terror o de consensos. Es decir, se asiste a la mundialización de las culturas y a la localización de intereses nacionales y locales que en ocasiones se ven y piensan desde sus propias condiciones de seguridad, paralelamente acontecen luchas de intereses transversales a escala mundial, que merman la capacidad de integración.

En  un mundo como el que hoy se despliega, en medio de la crisis de la economía mundial, del cambio climático y del deterioro del medio ambiente, del incremento del terror y de los conflictos internos, del narcotráfico, de la persistencia y emergencia de nuevas exclusiones y desigualdades, del agotamiento de instituciones nacionales y de las mundiales que deben velar por el cumplimiento de los pactos internacionales y garantía de los derechos, conviene preguntarse cómo vemos e interpretamos lo que ocurre, desde dónde construimos los patrones de análisis para determinar la gravedad y velocidad de la tensiones que se acumulan y cómo podemos sugerir otras formas de análisis ante las tramas que acosan la paz y el desarrollo humano.

En estos tiempos, en la gran mayoría de los países y singularmente en la denominada periferia se asiste a delicados déficit en la calidad de la educación, de la justicia, de la salud  y vivienda, que no solo limitan las posibilidades de desarrollo de millones de personas, sino que vulneran la estabilidad de los países, su gobernabilidad y seguridad.

Asimismo, los riesgos para la paz internacional se mantienen en un grado alto de tensión, singularmente en Oriente Medio, Irán, Corea, India y Pakistán,  países que en su mayoría cuentan  con armas nucleares, con un programa nuclear y que tienen la voluntad de usarlas sin las cotas de amenaza superan su estabilidad global.

En virtud de este complejo escenario las lecciones que se dibujan desde hace varias décadas, es el imperativo de superar en los estudios y análisis la idea de que los actores de las políticas contemporáneas son sujetos racionales que actúan en virtud de intereses claramente definidos, que calculan los efectos de los juegos estratégicos y que regulan sus acciones y encuentros en función de objetivos y medios equilibrados. Nada de esto se confirma en la práctica, en ocasiones no solo la racionalidad es puesta de lado por actores que manejan una enorme cantidad de información, además se suele insistir en los errores, con lo cual se generan estrategias de pantano que derrochan vidas, recursos y prestigio político, lo cual tiene efectos multiplicadores ya que los demás actores en juego suman sus propias irracionalidades, estableciendo de esta forma y con frecuencia sistemas de alto riesgo y poca capacidad de resolución adecuada.

En síntesis, se verifican muchos problemas y pocos instrumentos públicos, nacionales y mundiales de protección y garantías. Esto conlleva, en muchas ocasiones a imponer medidas rudas que no cuentan con apoyos ciudadanos. Al mismo tiempo, muchas de las propuestas que se construyen en las academias, como las capacidades de intelectuales, profesionales y del mundo social no encuentran lugar en los espacios e instituciones más tradicionales de la política y gobierno. Pocas veces en la historia, tantas riquezas de todo tipo se han conjugado con tantas exclusiones y derroches de las capacidades humanas. No es extraño, por tanto que al escenario de incertidumbre y tensiones, se sumen las apatías ciudadanas, las desconfianzas en las instituciones, la ruptura de los acuerdos y el debilitamiento de las relaciones sociales democráticas.

Al intentar describir los factores que contextualizan los distintos enfoques que se ponen hoy en juego, para saber qué ver y cómo analizar, es pertinente realizar un mínimo recuento de cuáles son los procesos que articulan la realidad(es) actual. Ello, porque las directrices actuales son resultado de grandes mutaciones históricas que escapan a las lecturas más convencionales y aceptadas. Entre otros asuntos hoy producto del avance y democratización de las nuevas tecnologías de la información y comunicaciones y de la expansión de las democracias, acontece a escala planetaria un gran giro hacia lo social, las movilizaciones sociales son piezas claves en el escenario mundial, lo social es un actor con capacidad de incidencia en los sistemas políticos, Estados y programas de vieja data.

Y estos cambios, no solo dejan obsoletas las epistemias tradicionales, sino que a su vez imponen la necesidad de producir un cambio de mentalidades en la forma en que se analizan las problemáticas y tensiones contemporáneas. Al mismo tiempo, al incluir lo social como un factor relevante es importante considerar que los tiempos que requieren los procesos sociales para ser visibles y producir efectos relevantes suelen ser más largos que en el caso de la política tradicional.

Lo social se construye y acontece a nivel personal y local, en los procesos de interacción social, en el devenir histórico cotidiano, es en los intersticios aparentemente marginales donde se activan millones de hablas, propuesta y acciones por cambiar las vidas y destinos de las personas, comunidades y países. Desde luego, es difícil comprender lo que no se conoce o se ve solo como una anomalía o retraso sistémico y en otros momentos, como riesgo y ruptura a los acuerdos sociales impuestos. Muchos análisis sociales y políticos, perciben fenómenos que tensionan la cohesión, seguridad y estabilidad, pero generalmente no integran estos procesos a modelos más amplios con nuevas y más amplias capacidades explicativas.

El ámbito de lo social solo puede ser mirado con rigor si se considera las relaciones y las acciones que afectan las vidas de las personas y los sistemas. Tema que ha sido una recurrente dificultad para la filosofía política y la sociología. Especialmente, porque estas tienden a mirar mucho más a las instituciones, a las formaciones constituidas y al mundo social objetivizado, las cuales son importantes, pero los hechos que cambian lo modos de los Estados, países e instituciones y las resistencias a las transformaciones, ocurren mas por abajo que en las cúspides oficiales de los ordenes humanos, son resultados también de procesos no oficializados, de instituciones informales, de las interacciones cotidianas y de modos de vida alterativos.

Por ello, construir nuevas formas de ver, requiere de una apertura intelectual de gran magnitud, implica asumir la interpretación de lo social desde una aproximación hermenéutica, crítica y constructivista, exige identificar cuáles son sus ritmos, sus lugares geográficos y simbólicos. Si continuamos congelados en arcaicas formas de interpretar “la realidad social”, no solo seremos sorprendidos, además seremos impotentes para actuar.

Cuando se habla de analizar desde una perspectiva hermenéutica (Ferraris, 2000), es decir, de identificar las relaciones entre las partes de un fenómeno ampliando progresivamente los niveles de comprensión, hay que partir destacando que este ámbito implica altos grados de crisis cognitiva, de reordenamiento y reinterpretación de las aproximaciones previas. Producir información, es producir conocimiento relevante, el cual no necesariamente es verificable, como pronostican las lógicas del positivismo. Los mapas de información y el conocimiento no se agotan en la descripción de los hechos, en lo social los hechos están constantemente en proceso de redefinición, nada es un hecho completamente definitivo, hay datos relativos a unos marcos muy acotados y hay hechos que contienen muchas posibilidades de salida que dependen de situaciones de las cuales se sabe nada o muy poco.

Un hecho social es una construcción analítica que condensa múltiples relaciones dinámicas, que nunca son puras. Cuando se plantea la corrupción como objeto de trabajo, no se establece un noción unívoca, si no que se está haciendo mención a una categoría que incluye múltiples variables, algunas medibles y otras no.

Por otra parte, desde hace ya más de cuatro décadas se verifica una larga crisis de las relaciones sociales a escala mundial y complejos desplazamientos en los proyectos de vida de las personas y las comunidades, transformaciones que dan cuenta de una revuelta lenta pero persistente, singularmente en las regiones del mundo que abastecen de materias primas y recursos humanos a los grandes centros sistémicos de la economía y el poder.

Paralelamente, en los grandes centros del planeta se observan tensiones de fondo, no solo vinculadas a la reconversión de la economía, sino a la expansión de una incomodidad psicosocial y existencial generalizada, derivadas de las nuevas exclusiones, del debilitamiento de lo social, del derrumbe de los grandes proyectos de la modernidad y de la exacerbación del consumo como sinónimo de bienestar.

Fenómenos que coexisten, junto al afán de grandes grupos humanos que pugnan  por mejorar sustantivamente sus condiciones de vida y de futuro y por ejercer sus derechos ancestrales y emergentes.

Breve panorámica del mundo y del análisis estratégico antes del 11-S

Quizás un primer gran ciclo en los análisis estratégicos se ubicó en torno a las propuestas y conflictos internos por mayores niveles de independencia, democratización y participación, desde fines del siglo XIX hasta la década del sesenta del siglo XX. Periodo libertario empañado por los esfuerzos semi-coloniales por parte de las decadentes metrópolis de captar por las vías de la corrupción a las elites emergentes. Durante este periodo, gobiernos grotescamente despóticos y sin proyectos nacionales se gestaron en muchos lugares de África y Asia, mientras en América Latina se intentaron grandes reforma democráticas con brutales repuestas autoritarias. Con todo, esta época ubicó en un lugar relevante a amplias capas de la población y gestó molecularmente nuevos grupos de dirección que asumieron el desafío de forjar una vida más digna para los habitantes de sus territorios, pero que no necesariamente lograron consolidarse. Cuando se examinan los análisis de Estados y centros de esa época, es evidente la pobreza teórica con la cual se interpretó lo que ocurría.

La gran respuesta del orden dominante se hace visible, rápida y eficientemente a partir de 1974 con la crisis de la economía mundial. Nuevas formas de producción, el uso intensivo de las tecnologías, el hostigamiento a los movimientos sindicales, la creciente flexibilización del mundo laboral y el repliegue de los derechos conquistados, debilitaron las posibilidades de reacción de los trabajadores y de los sectores medios en históricos lugares como en el norte de Europa, Gran Bretaña, Francia y EEUU, esto ocurría al mismo tiempo en que en los países de la periferias, particularmente en el Conosur de América Latina se implementaban duras políticas de refundación nacional y de liberalismo económico.

La gran respuesta conservadora generó un periodo de conflictos internos de baja intensidad y en todo caso, regulables dentro de las estrategias de dominio y reajuste liberal, que fueron (las crisis y sus formas de enfrentamiento) insinuadas en un marco muy amplio por la trilateral a partir de 1975. Estas transformaciones de alcance histórico general, y que persisten hasta el día de hoy, por sus dinámicas y consecuencias urdieron procesos que tendrían al alcance político la posibilidad de una nueva Guerra Mundial. En efecto, la disolución en parte del Estado de Bienestar y de los proyectos desarrollistas en América Latina y la extensión de respuestas autoritarias por parte de las nuevas elite liberales en lo económico y conservadoras en lo político (Hobsbawm, 1995), modificaron política y culturalmente lo que se  había generado como modelos de sociedad justos y participativos desde fines de Segunda Guerra Mundial.

Los análisis estratégicos oficiales de este periodo se concentraron en las iniciativas necesarias para disciplinar y neutralizar a los movimientos que defendían o demandaban derechos y observaron poco las consecuencias para la seguridad y estabilidad del crecimiento de las desigualdades en las economías desarrolladas de mercado, las nuevas exclusiones y marginalidades y la emergencia de un nuevo perfil de cesantía (de ingreso, tiempo y seguridad social) que se instalaba como un dato de conflicto estructural.

Por otra parte, desde mediados de los 70’ hasta fines de los 80’, las hipótesis de conflicto que se manejaron a escala global desde occidente continuaron siendo las de una guerra nuclear a partir de lo que se entendía como una amenaza de la URSS y de sus aliados. Se analizó poco la emergencia al interior de la URSS de una fracción reformista que pretendía mejorar los procesos de desarrollo y gestión del Estado. Casi siempre se examinaron las alternativas en la elite soviética como parte de un transformismo menor que se mantendría inevitablemente en los mismos marcos de la política tradicional de esta potencia.

En 1985, Mijail Gorbachov se convierte en el secretario general del Partido Comunista soviético, y con él arriba un ambicioso programa de reintroducción de un Estado democrático constitucional y de un nuevo sistema económico más liberal y descentralizado, que se había implementado exitosamente en China desde fines del maoísmo (Hobsbawm, 1995). La combinación de la glasnost y la perestroika llegaron tarde y, en todo caso, precipitaron una desintegración política y económica sin alternativa que terminaron deteriorando las condiciones de vida de la población, lo cual abrió una oportunidad para que los grandes grupos postergados generaran una brecha que luego fue ocupada de manera creciente y cada vez más visible por grupos de poder mafioso. Se observa nuevamente que el tiempo de las reforma no puede ser acumulativo para producir cambios desde arriba, que se requiere una constante capacidad por adecuar el poder y sus formas productivas a las demandas sociales y que los problemas estructurales que afectan la calidad de vida de las personas tienen un ingente efecto sobre la estabilidad de los sistemas de gobierno.

La respuesta China a este ciclo anti burocrático, se basó en la profundización de la reforma económica y en la exacerbación del control policial, esto le permitió la elite gobernante ganar tiempo para mejorar las lentas y obtusas formas de desarrollo precedente, en un contexto de grandes distancias en el acceso a las riquezas y oportunidades. Hasta la actualidad la fórmula china ha resultado eficiente en términos de crecimiento económico y estabilidad y se ven pocas posibilidades de giros críticos en el corto plazo. Al mismo tiempo, su estabilidad es por ahora condición de equilibrio mundial en niveles análogos a los de la URSS de entonces, aunque por motivos diferentes. La extensión del territorio ruso, sus materias primas y singularmente su imponente arsenal nuclear, la convierten en el escenario actual en una actor clave, mas allá de su situación contemporánea.

En todos los casos, lo que importa señalar es que los modelos de producción de inteligencia estratégica estuvieron por debajo y detrás de lo que ocurría. Masas de información directa e indirecta, así como la disponibilidad de avanzados medios electrónicos no fue útil, ni bien empleada para el análisis de estos procesos.

Lo que hay que consignar para el periodo que va desde mediados de los años 70 hasta hoy, es que el predominio de un modelo de desarrollo liberal, a nivel mundial, revestido de ideologías individualista y de mercado, fue eficiente en generar aceptación e incluso resignación por parte de los enormes grupos afectados y por un nuevo modelo de liderazgo dirigido por una fracción internacionalizada del capital financiero.

Las denominas fuerzas políticas de la izquierda quedaron atrapadas en el derrumbe de la URRS y la propia socialdemocracia mundial supeditada a la iniciativa teórica y política de la nueva fracción dirigente de la economía mundial. Esta con sus organismos internacionales y sus centros de producción teórica amplió y sofisticó el campo de las ideas dominante a costa de una nueva ideología de vida.

Pero nuevamente, se puede resaltar que el análisis estratégico global y local perdió de vista por lo menos tres asuntos trascendentes. En primer lugar, que al modificarse las condiciones de conflicto mundial en virtud del derrumbe de la URSS viejos aliados asumían la potencialidad de nuevos enemigos, como sucedió con Irak y el integrismo islámico. Por otra parte, que el creciente vaciamiento social de los partidos políticos históricos, a nivel mundial, sumado a la exclusión y la pobreza generaría condiciones para la expansión de nuevos delitos transnacionales. Y tercero, se inauguraba un largo ciclo de altos riesgos para la paz regional y mundial en consideración del acceso a tecnologías de destrucción masiva por parte de grupos irregulares. Quizás el factor que más emerge como constante en los vacíos y omisiones en los análisis de inteligencia estratégica en estos y otros procesos sea la falta de refinamiento de los modelos políticos y sociales de interpretación, en efecto los estudios prospectivos suelen ser rigurosos metodológicamente, pero muy básicos en la comprensión de las dinámicas en las luchas políticas, entre los grupos de poder y subalternos.

Otra debilidad en los análisis estratégicos de ese periodo es que estuvieron fuertemente ideologizados, de suerte tal que no se entendió el ciclo de declive de las fuerzas de izquierda y socialdemócratas a nivel mundial como un efecto lento de la redefinición de los modelos económicos principales, que dejaban sin base obrera a los partidos históricos de esta corriente. Con solo cruzar la reconversión de la economía con el debilitamiento de los partidos y sindicatos se podría haber tenido claro esto. Se sabe que todo análisis, con independencia de sus intensiones está orientado desde un enfoque que opciones teóricas, ideológicas e intereses. Al señalar que los análisis estaban fuertemente ideologizados, se hace referencia a la tosquedad en las observaciones e interpretaciones y a la integración de estos al marco más global de los desplazamientos estratégicos.

En términos de mediano plazo y durante todas estas décadas, se ha ido consolidando una crisis original del orden histórico mundial que no es traducible a las antiguas formas de la noción de crisis. Esta transita por amplios canales de la vida social y se refiere a la noción de civilización, es decir, implica las formas de vida, las formas de reproducción económica, social, política y cultural.

Lo que consigno como crisis civilizatoria, es el paso de un orden global a otro que continua abierto, la referencia a la noción orden remite a un determinado modelo de equilibrio y regulación de las tensiones generales. Un modelo de civilización no se agota en las formas de la economía, ni del Estado, se ubica más en las relaciones sociales y culturales que operan como factor de significación y cohesión.

Esta crisis de civilización es un conflicto de maduración pausada, entre las formas sociales de un orden histórico y las opciones de vida que de él se derivan.

Como se señaló, en las últimas décadas el creciente acceso a bienes y servicios de muy diversa naturaleza ha transformado al consumo en un pseudo-indicador de calidad de vida y de integración a un efímero nuevo orden económico mundial. Sin extenderse en las profundas motivaciones antropológicas y psicológicas que nutren el deseo de consumir, resulta evidente que no se puede sostener una civilización globalizada solo en la expansión del consumo como factor de participación y satisfacción.

Los límites del consumo emergen como murmullos en los intersticios de las tramas humanas afectando la seguridad y la estabilidad social. Primero, porque el consumo está congelado de manera creciente en algunas fracciones sociales, mientras que la gran mayoría vive la limitación o localización de los accesos. Esto se verifica a nivel mundial, tanto por la persistencia de las cotas de pobreza, como por la ampliación de las brechas entre ricos y pobres. Y segundo porque, el incremento de los niveles de educación y salud de millones de seres humanos ha incidido en que sus patrones de satisfacción transitan de manera más insistente por la participación política, el desarrollo social y equitativo, por la transparencia de las instituciones y por el despliegue del saber y la ciencia, que por una expansión ilimitada del consumo.

Desde otro ángulo, y en relación a las dinámicas civilizatorias hay que constatar que se tiende a aplicar con recurrencia un paradigma inmunitario de control y poder, frente a las fracturas que a nivel local y global aparecen. El paradigma inmunitario, remite a la particularidad de una situación definida que se sustrae a la condición común, que fija límite y excluye todo elemento externo amenazante a través de mecanismos de control rígidos, que terminan limitando la libertad y el despliegue de lo común a un nivel ampliado (Esposito, 2009). Paradigma que ha predominado en los esquemas de modernización y en las lógicas sistémicas.

El orden sistémico, es refractario a recibir información y traducirla en políticas aperturistas. Las formas de control, inmunización y exclusión que resultaron eficientes por siglos, no lo son ya hoy. De allí, que asistimos a una secuencia de improvisación de todo tipo por parte de gobiernos e instituciones.  El ejemplo más inmediato es lo que hoy ocurre en África del Norte donde en una rápida sucesión de acontecimientos sociales, regímenes aparentemente sólidos, con grandes recursos financieros, basados en masivos sistemas de información y control, en primer lugar, fueron sorprendidos y luego, no pudieron organizar y pactar una transición que preservara sus ámbitos de ejercicio del poder. Como se señaló en páginas anteriores, esto ya aconteció como fenómeno analístico con el derrumbe de la URSS.

Sin apelar a la teoría de sistemas, lo que hay que reflexionar aquí es que una política que trabaje con modelos rigurosos y actuales de información, debe ser al mismo tiempo flexible, dúctil y abierta a lo emergente. Aquí se ensamblan dos temas: el de la teoría democrática como el modelo más estable y el de saber leer los puntos de fractura que imponen la necesidad de implementar cambios en forma oportuna. En el siglo XXI, caracterizado por la complejidad e incertidumbre, los sistemas tenderán a recurrentes crisis, entre otros factores por la expansión del desarrollo humano y social, por las profundas mutaciones que viven los sistemas políticos en todas sus escalas, por los riesgos latentes, por la expansión de los integrismos y por las recurrentes crisis económicas.

En síntesis, se  puede postular que aquello que denomino crisis civilizatoria se conmueve en virtud de que se asiste a una revolución social y cultural, que se despliega con desigual intensidad y forma a nivel mundial. La resolución de la crisis será larga y en su despliegue se modificarán las instituciones, prácticas, acuerdos y patrones de relaciones políticas y sociales. Antes que esto cristalice, pueden ocurrir eventos regresivos o que a pesar de todo seamos capaces, como especie humana, de inventar nuevas formas de desarrollo para todos.

Lo que importa, es asumir que los modelos de análisis están abrumadoramente desfasados por la complejidad mundial, nacional y local y por la velocidad las mundialización y sus nuevos formatos de realidad(es).

Giros epistemológicos y conocimiento estratégico

Si se define el análisis estratégico como el estudio de la información aplicada a la defensa y seguridad y su conversión en conocimiento para la toma de decisiones políticas, se asume que se trata de una actividad orientada a la producción de conocimiento. La epistemología es la disciplina evaluativa que examina las visiones de la ciencia y su quehacer, visiones que tradicionalmente se designan con el concepto de paradigma. En definitiva, es el paradigma en uso el que define “los problemas que deben investigarse, la metodología a emplear y la forma de explicar los resultados de la investigación” (Kuhn, 1960/2000, p. 63). Por ello, en este aparatado se examinan de forma sintética los principales giros epistemológicos que deberían considerarse en el quehacer del análisis estratégico, como forma de conocimiento aplicado y prospectivo de la realidad social.

Como se sabe, durante los siglos XIX y XX el positivismo ejerció una fuerte influencia en la convicción de que para lograr un conocimiento moderno, riguroso y objetivo era indispensable adoptar la racionalidad científica decimonónica, fundada en una concepción filosófica según la cual todo conocimiento se originaba en la experiencia sensible [empirismo] y que derivado de ello, solo es posible dar cuenta de una realidad constituida por hechos. Es decir, se trata de un enfoque que rechaza toda metafísica, el conocimiento a priori y toda intuición directa (Briones, 1999) y de acuerdo al cual, la posibilidad de construir progresivamente conocimiento objetivo y neutro, está supeditada al monismo metodológico, a la búsqueda de la explicación causal de los fenómenos observables y al establecimiento de leyes universales (Briones, 1999; Lenk, 1993; Mardones 1991).  Todos estos postulados, condujeron a las ciencias sociales y disciplinas a fines, entre ellos al análisis estratégico, a una rápida subordinación de los objetos y procedimientos de estudio al canon dominante, lo cual dejó por fuera fenómenos relevantes que no eran abordables con los métodos postulados por el positivismo.

No obstante, desde fines del siglo XIX el paradigma interpretativo (Diltey, 1983, Ferraris, 2000), vinculado a la tradición aristotélica, había postulado la dependencia entre sujeto y objeto, la construcción social de la realidad y la necesidad de comprender los fenómenos sociales desde la perspectiva de sus actores, en síntesis se trata de un enfoque que asume que “la producción de la sociedad es una obra de destreza, sostenida y que acontece por la acción de los seres humanos” (Giddens, 1987, p. 17). El plus que habría que agregar para el caso de la inteligencia estratégica se ubica en el ámbito de la experiencia social y política del analista, en su capacidad de comprender estos dos niveles desde cierto acumulado cultural.

El debate científico y su apertura ontológica y metodológica, se torna especialmente relevante en la década de los 60, a partir de los aportes de Kuhn, Lakatos y Feyerabend, quienes cuestionan la idea de progreso científico, la ciencia como el saber por antonomasia y el método positivista.

Kuhn (1960/2000) a través de su aproximación a la historia de la física, constata que el avance científico no se produce de forma progresiva y acumulativa, sino que ocurre a través de saltos disruptivos, de revoluciones, proceso mediante el cual un antiguo paradigma es reemplazado por uno nuevo, inconmensuarable y de mayor poder explicativo. Para explicar su teoría, Kuhn postula que en periodos de ciencia normal los científicos se dedican a resolver “rompecabezas”, que en ciertas circunstancias se convierten en anomalías, es decir, en fenómenos extraños y sorprendentes, que no pueden ser explicados y resueltos por el paradigma dominante, lo cual conduce a una crisis paradigmática, que en ocasiones deriva en un cambio de paradigma. De ser así, se asiste a un periodo de producción de ciencia extraordinaria, a un cambio revolucionario, no acumulativo, en la forma de ver y entender los fenómenos.

De esta forma Kuhn, postula que la ciencia y el conocimiento, y para nuestro caso el análisis estratégico, está lejos de ser una construcción aditiva, muchas veces su despliegue y calidad dependerá de factores históricos, políticos y pragmáticos, más que de aspectos metodológicos y técnicos.

Paralelamente, en esta misma época, Popper (1971) evidenció que todo conocimiento es provisional dado que la verificación absoluta es imposible. Del mismo modo, el giro desde la inducción (establecimiento de enunciados generales basados en la experiencia particular) al método hipotético-deductivo, eliminó la condición de que todo conocimiento debe estar fundado en la experiencia. Para el autor, no importa cuál es el origen de una hipótesis, esta puede estar basada en la observación empírica, en el conocimiento a priori o inclusive en intuiciones, lo importante es cómo probamos las hipótesis y reconstruimos los hallazgos. Para Popper, un saber o una teoría tendrán mayor poder explicativo y solidez, mientras más expuesta esté a la crítica y cuanto más se fracase en el intento de ser falseada. 

Estos aportes que condujeron a una trascendental apertura en el campo de la ciencia, también son aplicables al análisis estratégico, ya que el análisis estratégico como quehacer investigativo se construye desde una cierta visión y voluntad política y los factores constitutivas del campo estratégico abarcan desde los procesos que son generados por antropologías culturales, hasta la situación geoestratégica e internacional en la actor que observa, analiza, proyecta los riesgos, los intereses e incluso las eventualidades que alteran el panorama general, todo ello de manera provisional.

Por su parte Lakatos, postuló la necesidad de distinguir entre programas de investigación progresivos y regresivos en función de su poder explicativo y de la capacidad que tienen para resistir los intentos de sustitución.

Finalmente, Feyerabend (1975) irrumpirá con una idea anarquista de ciencia al señalar que el único principio que no inhibe el progreso científico es “todo sirve”. Feyerabend rechaza de manera radical los criterios universales y las tradiciones rígidas en ciencia y postula que en la práctica todos los métodos son infringidos y que son estas transgresiones las que en ocasiones impulsa el progreso científico. Para el autor todos los métodos tienen sus límites y la idea de un método fijo e infalible, descansa en una concepción ingenua del hombre y de su entorno, al mismo tiempo la ciencia y el saber no estaría constituida por hechos, ni por conclusiones derivadas de los hechos, dado que estos no son independientes de la cultura, en otras palabras, la ciencia no es una empresa racional, sino ante todo un arte humano.

Feyeraben (1975, 1984, 1989, 1996), propicia una apertura metodológica y una superior libertad, creatividad y pluralismo en la construcción de conocimiento,  el cual siempre está limitado por la tradición, por la idiosincrasia y por los lenguajes predominantes. Al mismo tiempo, su crítica incorpora una dimensión ética, al advertir que siempre la elección de un programa de investigación es una apuesta, “pagada por los ciudadanos” en tanto puede “afectar sus vidas y a las generaciones futuras”, lo cual es singularmente relevante para el caso del análisis estratégico.

En síntesis, a partir de estos autores, todos ellos provenientes originalmente del paradigma positivista, el conocimiento y entre ellos el análisis estratégico, deben ser asumidos como saberes provisionales, vinculados a la historia e ideología y teóricamente fundados, en segundo lugar, no existe un método sino métodos para acceder al conocimiento, y finalmente la ciencia y el análisis estratégico, no son saberes por antonomasia, sino un tipo de conocimiento entre muchos otros.

La pertinencia de este señalamiento responde a que la producción de información estratégica, de saberes adecuados y de unas observaciones originales con sugerencias que tengan condiciones de aplicabilidad, deben considerar la combinación de estos giros epistemológicos. Hay momentos en que se progresa en virtud de programas amplios y progresivos de investigación, en otros con base a la distinción de anomalías, crisis y transformaciones y también sucede que la complejidad de los fenómenos actuales exige tejer con imaginación y apertura lo nuevo e impensado. Del mismo modo se debe mirar con sospecha la  metodolatría, los dogmatismos y el chauvinismo científico en el análisis estratégico, que la mayor parte de las veces si se utiliza de forma aislada conduce a la producción de conocimiento asignificativo e irrelevante.

Por ejemplo, al analizar el narcotráfico desde una aproximación positivista, solo se atendería lo observable, medible y la identificación de sus causas, pero probablemente se omitiría el estudio cultural de los grupos que lo configuran, sus niveles de cohesión, lealtad e identidad, sus vínculos, muchas veces no observables, con los grupos de poder nacional, regional y mundial, los conflictos y formas de luchas entre ellos y con las fuerzas regulares, sus estrategias y los modos en que ponen en riesgo la seguridad, defensa y estabilidad. Es decir, el análisis estratégico implica poner en juego un conjunto abigarrado y no siempre claro de temas, utilizar múltiples métodos y enfoques y analizar los efectos de las distintas estrategias enunciadas. Si por el contrario, se adopta un enfoque teórico y metodológico único, probablemente los hallazgos y conclusiones serán formalmente rigurosos, pero pobres para sugerir cursos de acción viables y adecuados al contexto global y a los procesos emergentes.

Pistas del poder y de la guerra y su contribución al análisis estratégico

En esta sección se recogen los aportes de Foucault y de Clausewitz en un sentido muy acotado, autores que ponen en juego dispositivos de análisis donde muchos otros se resignan a repetir lo establecido. Foucault y Clausewitz miran la relación poder, el primero desde la instituciones que lo producen como discurso de verdad y el segundo, desde una noción de guerra supeditada a la política.

Al respecto, es importante recordar que cuando se habla de poder, desde una perspectiva foucaultiana se busca analizar su micro funcionamiento y circulación, lo cual puso en crisis que habían analizado pretéritamente el poder como objeto, como dominio, como voluntad coercitiva entre otras secuencias conceptuales. Para Foucault, el poder no es un objeto que se posee, sino una estrategia que se ejerce, no se localiza en el Estado o en una institución en particular, sino que está presente en todas las relaciones sociales, lo cual implica asumir la existencia de una microfísica del poder. En tercer lugar, el poder no es una superestructura, piramidal y vinculado a los modos de producción, es un espacio hecho de segmentos que se manifiesta en los distintos territorios sociales. Del mismo modo el poder no es una estrategia orientada exclusivamente a la prohibición y coerción, sino que ejerce efectos productivos. Y finalmente, su ejercicio no descansa en una legalidad estática, sino que opera como una estrategia de gestión y distinción de legalismos que se modifican en el tiempo y cuya definición es parte de una disputa perpetua (Foucault, 1995).

Asumir desde esta visión el poder, en el caso del análisis estratégico, implica distinguir los intersticios en los cuales se ejerce, sus formas de funcionamiento, sus prácticas y actores. La dimensión que caracteriza el análisis estratégico – en un plano ontológico- es el poder como relación social. En este nivel se concentra el estudio de lo social, como mediación de la acción y singularmente de la toma de decisiones, ya sea para el empleo de una fuerza material o para impulsar estrategias que no implican la movilización de grandes recursos y medios.

Son los encuentros de las fuerzas que disputan territorios de ejercicio del poder los que signan la  naturaleza del análisis y la toma de decisiones. Por ello, al analizar un fenómeno, una situación o una organización estratégica, desde una aproximación foucaultiana es importante: a) identificar un problema, es decir, cuando no existe correspondencia entre los fragmentos de verdad que constituyen el fenómeno, b) analizar la ontología histórica del fenómeno, si bien hay elementos que se repiten en el devenir histórico, la solución de una problemática no se transmite de una época a otra, responde siempre en alguna medida a un contexto particular, c) situar el fenómeno en el espacio, en un orden de tiempo y en una composición tiempo y espacio, es decir geográfica y demográficamente d) situar a los sujetos y a los objetos en el complejo conjunto de relaciones, e) preguntarse ¿qué representa este fenómeno u organización en este momento de la historia, desde una aproximación micro, meso y macro?, f) buscar las cosas y las palabras que dan cuenta del fenómeno para encontrar las formas que lo contienen y los enunciados. Los  enunciados y las palabras, son una función de existencia que pertenece a los signos pero que se imbrica en las cosas (Foucault, citado en Díaz, 1993), en otras palabras, todo discurso se perfila según un juego contrastador de permisiones y restricciones que generan realidad.

Al analizar los discursos estratégicos, de las fuerzas en pugna desde esta última aproximación se hará evidente detrás de las palabras los enfoques y voluntades que la sostienen como instrumento de análisis, cohesión y movilización.

Por su parte, Carl von Clausewitz (1780-1831) a fines del siglo XVIII realiza un riguroso análisis de las acciones bélicas, el cual ilumina no solo la comprensión de este tipo de conflictos, sino el estudio de las relaciones internacionales, de los conflictos de menor intensidad y el análisis estratégico.

La guerra, y por ende los conflictos en sus diversas intensidades, deben entenderse como un duelo a una escala más amplia, es decir, como una situación en la cual dos luchadores (en nuestro caso dos países, sectores o grupos en conflicto), tratan de imponer al otro su voluntad, por medio de la fuerza física. El propósito del duelo es derribar al adversario e incapacitarlo para ofrecer resistencia, es decir, los implicados persiguen un mismo objetivo, es una situación simétrica.

Desde Clausewitz la guerra y las dinámicas de conflicto deben asumirse no como un acto aislado,  que estalla súbitamente, sino como una situación histórica que se desencadena a partir de un “motivo hostil” y de una política que los sustenta y permite. Del mismo modo, los conflictos en distinta medida deben comprenderse como situaciones que afectan e interesan a los diversos actores sociales, a los gobernantes en tanto es un instrumento político que pertenece al dominio de la inteligencia pura, a los encargados de la defensa y seguridad en tanto es un juego de azar, estrategias, tácticas y probabilidades e involucra al pueblo en la medida en que se exalta su pasión y enemistad. Es claro que estas conceptualizaciones se sitúan en el trabajo de un texto que tiene un fuerte contenido filosófico y que responde en su estilo a las culturas analíticas de ese periodo, cuyo legado persiste hasta nuestros días.

Dado que el desarme del enemigo es el objetivo de la guerra, Clausewitz sugiere que para alcanzar este propósito el orden natural es destruir las fuerzas militares, destinadas a la defensa del país o territorio y conquistar este último. La combinación de estos dos hechos reaccionan el uno sobre el otro, la pérdida del territorio ayuda a debilitar las fuerzas militares y la ocupación del territorio permite exigir contribuciones y causar daño. Aquí se observan dos soportes esenciales de su mirada que se articulan a una analítica más amplia sobre la relación poder, la de desarme, es decir, quitar algo, donde lo esencial es arrebatarle la voluntad al contendor y la de territorio la que no se reduce al espacio geográfico simple, sino que habla de relaciones sociales, de asentamiento de los grupos humanos y de las condiciones de existencia material de los grupos culturales.

Los aportes de Clausewitz, resultan especialmente relevantes en un mundo en el cual, desde el derrumbe de la URSS, los conflictos y particularmente los internos no han desaparecido, es más tienden a proliferar al amparo de nuevas formas. La violencia social y su forma de abordarla, se ha ido redefiniendo e inclusive amplificando en el curso de las últimas décadas y se puede contemplar como los análisis sobre estos fenómenos en general han quedado atrapados en los modelos disciplinarios, policiales y en las salidas militares.

Desde esta tradición, en el análisis estratégico es posible resaltar la consideración de algunos aspectos centrales como los siguientes: a) la consideración en una situación de conflicto de la naturaleza de los fines, de los medios y las circunstancias en que se ponen en juego, b) el elemento sorpresa, c) el estratagema, d) la concentración de fuerzas en el espacio y en el tiempo, e) la economía de fuerzas y f) el elemento geométrico y los factores que inciden en la suspensión de la acción en la guerra.

Frecuentemente se ha señalado que existe una diferencia entre Clausewitz y Liddell Hart, desde un ángulo histórico y metodológico en argumento es razonable, dado que el primero enfatiza la derrota directa de adversario desde a tradición napoleónica, mientras que Liddell Hart sustenta su modelo en un juego indirecto de aproximación, neutralización, debilitamiento y derrota del adversario. Pero ambos aluden, al ejercicio de la guerra y de los conflictos como un proceso susceptible de ser analizado con marcos teóricos y metodológicos diversos, y  en los dos casos la guerra, como empresa social racional se supedita a la política entendida como parte de una gran estrategia de países, Estados y fuerzas sociales.

Al igual que en Clausewitz el objetivo de la guerra y de los conflictos es el debilitamiento de la voluntad del oponente, pero en este caso la estrategia estaría orientada a “dislocación psicológica del enemigo”, a través de la destrucción de la organización de sus fuerzas y de la desintegración de sus condiciones de producción y reproducción material, en su retaguardia estratégica, pero también en el campo de sus alianzas generales.

Entre los aportes prácticos de Liddell Hart, destaca la necesidad de tener objetivos alterativos (objetivos de oportunidad), un plan que pueda ser fácilmente variado y ajustado a las circunstancias y sus ocho axiomas aplicables para la estrategia y la táctica: 1) ajustad el objetivo a los medios disponibles, 2) Mantened vuestro objetivo constantemente en la mente, 3) escoged la línea de acción más inesperada, 4) aprovechar la línea de menor resistencia, 5) tomar una dirección operativa que ofrezca objetivos alternativos, 6) asegurar que el plan y las disposiciones sean flexibles, 7) no lanzar todas las fuerzas en un solo golpe y 8 ) no repetir un ataque en la misma forma o dirección si ha fracasado anteriormente. En definitiva la aproximación indirecta permite pasar de una resistencia y defensa estratégica a una ofensiva, preparando las condiciones materiales, políticas y morales para la derrota del adversario.

La conciencia estratégica implica superar las fases del egocentrismo de la reflexión y pensar con todos sobre la totalidad del conflicto, esta conciencia no es un punto de partida al contrario describe una larga vía en la cual esa conciencia se teje, define indicadores y operadores teóricos para medir resultados.

Más allá de las formalizaciones lineales o de sentido común, se trata de estructurar modelos complejos de conflicto a partir del campo de intereses y de terminaciones de largo aliento que consideren el resto de las fuerzas en juego.

Sin embargo, es importante advertir que el análisis estratégico no se circunscribe a las teorías del conflicto y la guerra, aunque desde luego y en la medida en que refiere a las relaciones de poder se sostiene también desde estas tradiciones teóricas e intelectuales, que en nuestra época han derivado en la teoría de juego entre otros modelos.

El uso del análisis estratégico en la teoría social, política y económica actual se despliega también hacia los grandes temas de las relaciones internacionales, de los modelos de desarrollo, de participación, de lógicas institucionales y de construcciones programáticas de los temas sociales emergentes. Por esto, ha ido ensanchando sus recursos conceptuales, sus instrumentos teóricos de producción de información relevante de verificación apropiada y de integración de estos saberes de campo a los planos más amplios de las grandes estratégicas que trabajan con diversos tipos de recursos y fuerzas.

Con todo y con independencia de los fenómenos estudiados, de los enfoques teóricos empleados y de sus niveles de análisis (reactivo, preactivo o proactivo), la pretensión predictiva debe ser tomada con mucha cautela en las condiciones de acelerada transformación a la que nos precipita el siglo XX. En este plano habría que enfatizar tres aspectos. En primer lugar, que lo que aparece con creciente relevancia es el imperativo de comprender el ámbito de lo social, como un territorio que genera efectos trascedentes y de largo alcance y que frecuentemente es subestimado por la tendencia a focalizar la mirada en lo político en un sentido amplio. Por otro lado, que por más información estratégica de buena calidad que se tenga si esta no es integrada a un modelo de análisis más amplio, como los del gran proyecto histórico esta información se cristalizará como dato, como hecho ahistórico, pero no se pondrá en juego desde un ámbito dinámico. Por último, el análisis estratégico se realiza en un espacio de conflicto donde otros actores probablemente implementan el mismo tipo de ejercicio e incluso generan ignorancia activa por la vía de una estrategia de contra información y acciones que buscan confundir los niveles de conocimiento. Por ello, es posible hablar de dos niveles el que alimenta la toma adecuada y oportuna de decisiones y el de la gran política, es decir, el la inteligencia estratégica global.

Para abarcar, el orden contemporáneo se habla de la sociedades del riesgo, líquidas (Bauman, 2007), posmodernas, pero lo que dejan estas décadas es que la historia humana continua siendo compleja y en gran medida impredecible, en tanto cada evento contienen varios canales de salida, nunca puros y sólidos.

La producción de inteligencia estratégica remite a una forma de producción de conocimiento que no solo trabaja amplios radios de análisis multidisciplinarios, en ámbitos estructurales o procesales diversos, es también una dinámica que vincula ciencia y artesanía. Son modelos que mantienen una relación abierta con los clásicos asuntos de saber ver, saber registrar, saber analizar y saber integrar en una relación compleja con las acción superando las falacias que lo que se ve es lo que existe o que ya se sabe. El conocimiento implica la superación de una serie de dificultades en sus procesos de gestación, por ello la conciencia estratégica no se toma, se forja en una  relación entre teoría, historia y sociedad que no termina de instalarse como un saber definitivo.

 

Referencias

Bauman, Z. (2007). Miedo líquido: la sociedad contemporánea y sus temores; Barcelona: Paidós.

Briones, G. (1999). Filosofía y teoría de las Ciencias Sociales. Santiago de Chile: Dolmen.

Clausewitz, C. (1832/varias re-ediciones). De la guerra. Capítulo 1.

Dilthey, W. (1883/1978). Introducción a las Ciencias del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica.

Feyerabend, P. (1975/1981). Tratado contra el método. Madrid: Tecnos.

__________(1984). Adiós a la razón. Madrid: Tecnos.

__________(1989). Límites de la ciencia. Barcelona: Paidós.

__________(1996). Ambigüedad y armonía. Barcelona: Paidós.

Ferraris, M. (2000). Historia de la Hermenéutica. Madrid: Akal.

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Geertz, C. (1987). La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa.

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Girard, R. (2010) Clausewitz en los extremos. Madrid: Katz

Hobsbawm, E. (2007). Guerra y paz en el siglo XXI. Barcelona: Crítica.

Kuhn, T. (2000). La estructura de las revoluciones científicas. Santiago: Fondo de Cultura Económica.

Lenk, H. (1993). Entre la epistemología y la ciencia social. Barcelona: Laia.

Liddell Hart, B.H (1984). Parte IV. Fundamentos de la estrategia y de la gran estrategia. En Estrategia. La aproximación indirecta. Buenos Aires: Círculo Militar.

Mardones, J.M. (1991). Filosofía de las Ciencias Humanas y Sociales. Barcelona: Anthropos.

Popper, K. (1982). La lógica de la investigación científica. Madrid: Tecnos.


[1] De acuerdo a Rojas (2007) América Latina no es un área prioritaria para ninguno de los grandes centros de poder (EEUU, UE, China), asimismo desde fines de los ochenta ha visto descender su participación en las exportaciones y en inversión extranjera si se considera el total mundial.

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